Why bother?

A sólo catorce días de haberlo comenzado (después de que en año nuevo me comprometí a hacerlo) encuentro algo de dificultad para redactar la recomendación discográfica diaria de mi ejercicio de “365 discos de música clásica que no están en la guía de los 1001 pero que hay que escuchar”. Reconozco que no he tenido los alicientes suficientes para hacerlo. Siento que este ejercicio lo estoy haciendo para mi pues ninguna de las recomendaciones ha causado comentario de los lectores. Y por supuesto, sin estímulo, es difícil continuar un ejercicio que únicamente puede provocar placer si hay alguien del otro lado leyendo y comentando. Así es como surgió esta página; de una necesidad de escribir pero también de poder aportar algo a un pequeño sector de lectores. Efectivamente en la barra del lado derecho podemos ver la procedencia de personas que entran a “La Gruta de Trofonio”; diariamente entre 20 y 25 lectores entran a leer mis ocurrencias, artículos, críticas. Unas mejores que otras, hay que apuntarlo. Pero hoy el público, los lectores, parecen más del tipo receptivo que participativo. ¿Tendré – quizá – que vivir con eso? En efecto. ¿Cerraré La Gruta de Trofonio? De ninguna manera. Para mi escribir sobre algo se da de forma casi natural. Pero a veces me he puesto a pensar si todo este empeño por dedicar mi tiempo a la cultura, promoción, desarrollo de proyectos, realmente vale la pena.

Hoy recibí un correo de una querida amiga de España. Y me ha cimbrado con unas palabras que en cierta forma describen muy bien como me he sentido en los últimos dos o tres meses, lo reproduzco literalmente; “Quizá lo que más me duele es la sensación de asfixia; no solo no se me está permitiendo desarrollar mi vida profesional, sino que además tampoco me dejan hacer mi vida personal como quiero.” Llego a la conclusión de que este es el sentir de un sector importante de la población. La escasez de oportunidades laborales o de desarrollo es parte de la crisis actual (no sólo económica). Para aquellos que decidimos no dedicarnos a los negocios ha sido una dura realidad porque mucho de lo trascendente se desecha con facilidad. Hemos tenido que incorporar la mentalidad empresarial también a este sector para poder sobrevivir. Los estudios y la preparación tampoco son garantía. Observamos una falta de conocimiento brutal en sectores donde la preparación debería de ser de rigor. La preparación ya no es garantía de nada pues muchos de los que no saben y no quieren saber están en puestos privilegiados.

Nos hemos convertido en la generación del “no obstante” (en mi libro hablo sobre esto). A cambio se nos pide paciencia para recibir respuesta a proyectos o posibles trabajos. Ese pensamiento absurdo mexicano que el que trabaja en la cultura y el artista deben dar gratuitamente su trabajo muestra el provincialismo cínico y corto de miras que despliegan diversos sectores de este país. He tenido un par de experiencias de esta índole el año pasado y vaya que son para incorporarlas en un anecdotario.

Suficiente vociferación escrita. Lo que nos queda, apreciado lector, es sonreírle a la vida como diría Dufy. En términos bíblicos sería “poner la otra mejilla”. Vendrán mejores tiempos. Tiene que ser, si no ¿Cómo vamos a hablar de ellos en un futuro?

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