jueves, 15 de diciembre de 2016

"Los Puritanos" de Bellini en el Palacio de Bellas Artes


Estamos finalizando el 2017 y jamás había tenido en este estado de descuido mi blog. Próximamente cumplo 1 año al frente del Consejo para la Cultura y las Artes de Nuevo León, por lo que creo que en parte se me disculpa esta falta. Sin embargo, he acumulado unos cuantos escritos que quisiera compartir, antes de que el 2016 se me vaya en ceros. Supongo que en principio tendría que sugerirte leer con una dosis de sal mis escritos relativos a mis apreciaciones personales de eventos artísticos.

No existe la imparcialidad en el campo de las artes, existe una visión subjetiva que idealmente debe de partir de elementos tangibles relativos a lo que se observa y no sentimientos personales. Puedo decir que he tratado de ser honesto y principalmente porque el escribir es algo que me apasiona y aún siendo funcionario no puedo evitarlo.

La Ópera de Bellas Artes presentó durante el mes de mayo de este año "Los Puritanos" de Vincenzo Bellini. Es en efecto, la última ópera del compositor de Catania, antes de su repentina muerte a los 31 años de edad. De entrada tengo que confesar que no soy Belliniano, si bien conozco prácticamente toda su obra. Yo juro ante el santo nombre de Rossini entre los compositores belcantistas (Y de vez en cuando elevo plegarias a Donizetti o Mercadante).

Francamente "Los Puritanos" es una ópera en la cual no pasa nada relevante dramáticamente: Arturo es un típico héroe de ópera italiana del ochocientos. Elvira se vuelve loca, sin mostrar mayor temperamento, es la típica dama sufrida de ópera. Riccardo es un villano completamente gris que se convierte al lado bueno de la fuerza y finalmente Giorgio es el típico tío bonachón que al menos logra convencer a Riccardo ayudar a Arturo (aunque esta ayuda en realidad no es muy efectiva).

Como en muchas óperas de libreto flojo, "Los puritanos" se salva por su música. No puedo negar que en cierta forma es uno de esos trabajos que representan la apoteosis del belcanto italiano. La producción de la Ópera de Bellas Artes ha corrido a cargo de Ragnar Conde con escenografía de Luis Manuel Aguilar y diseño de vestuario de Brisa Alonso. Quizás esto último ha sido lo más brillante de todo. La producción, minimalista, carece de la plasticidad y riqueza de iluminación que puedan sostener 3 horas de música. Tampoco los artistas parecían muy compenetrados para hacer algún trabajo dramático más allá de Leticia Altamirano (Elvira) y Javier Camarena (Arturo). El escenario estaba comprendido por un gran arco gótico en un plano medio,  derruido, que más bien parecía costilla de brontosaurio. De forma desordenada veíamos varias ventanas de arco apuntado evocando a abadías en ruinas. Si bien evidentemente es una visión conceptual la de Conde, no entiendo el por qué no jugó armónicamente con estos elementos para sugerir verdaderamente iglesias, palacios, etc. Dudo que una boda noble escocesa del Siglo XVII se llevara a cabo entre restos de edificios o rocas.

Javier Camarena es un grande de la ópera. Punto. En la función del 26 de mayo venía de cantar por sustitución a Alessandro Luciano en la función del 24 (Aparentemente Luciano sólo tenía en el nombre la capacidad para cantar el papel). Quizás por eso mostró alguna fatiga al final de la función; sus sobreagudos ya no se sentían tan cómodos en el gran dueto "Vieni fra queste braccia" ni en "Credeasi misera". Aparte de eso, la convicción, estupendo delicado fraseo, desplegado en "A te, o cara", el timbre sedoso, la emisión perfecta, lograron una función de gran altura.

Leticia de Altamirano fue una fresca y gratificante sorpresa como Elvira. De voz ligera, emisión homogénea y coloratura de gran seguridad, Altamirano encantó con su femineidad y me conmovió en su "Qui la voce", verdadero momento de compromiso dramático. No es una estrella de pirotecnia sino una cantante con estilo y de buen gusto.

El últimamente aclamado Armando Piña cumplió como Riccardo, sin brindarnos ese extra que lo ha llevado a Europa y otros escenarios internacionales.  De voz oscura y buena proyección, su voz no tiene esa brillantez en el registro alto que idealmente requiere este papel. Además de esa falta de colorido, no pudo sacarle algún provecho dramático a su personaje, quizás en parte por la visión del director de escena.

Rosendo Flores, como Giorgio,  es un cantante al que siempre se le debe agradecer su compromiso y firmeza vocal. En esta ocasión me pareció cansado, un poco alejado emocionalmente. Extrañamos algo de esa belleza vocal en su registro medio a pesar de un "Cinta di fiori" que me gustó por la calidad de sus frases.

Del resto del reparto tengo que destacar la excepcional Enriqueta de Isabel Stüber, a quien ya urge darle un papel de mayor aliento. No solo su presencia escénica es bella y radiante, su canto posee esa elegancia y sobretodo sonido cultivado que no siempre es característico en México. Edgar Gutiérrez y José Luis Reynoso cumplieron dignamente sin dejarme intrigado por sus instrumentos.

El coro del Teatro de Bellas Artes regaló una buena función gracias al trabajo de Christian Gohmer. El sonido amplio logró algunos momentos de poder como "Oh! vieni al tempio". La Orquesta del Teatro de Bellas Artes, con Srba Dinic al frente, se escuchó cultivada, destacando el sonido de los cornos y un equilibrio clínico, tal vez ligeramente frío, con tiempos fluidos. Además de algún innecesario corte, se le hizo justicia al idioma belliniano.

Quizás a grandes rasgos, "Los Puritanos" no elevaron la temperatura tanto como es posible en esta ópera. Sin embargo, lo considero un acontecimiento musical importante del 2016, sobretodo cuando se puede escuchar a uno de nuestros grandes artistas como Javier Camarena, en plenitud y no en declive.
En el intermedio tuve el honor de encontrarme al maestro Francisco Araiza, quien además recordó cuando lo entrevisté hace 12 años. Una leyenda del canto de México.






jueves, 24 de septiembre de 2015

No murieron por la patria de Guillermo Schmidhuber, una reflexión.



Alguien tendría que decir a todo pulmón que el teatro en Monterrey no está muerto. No, no me refiero a los espectáculos escénicos que parte un poco del concepto de teatro de variedades y que hoy en día no tienen un nombre. Bien los podríamos llamar “Teatro burdo”.

El teatro de las ideas se defiende y todavía podemos disfrutar en escena de textos poderosos y hasta poéticos. Esto ha quedado patente con la puesta en escena de “No murieron por la patria” obra de Guillermo Schmidhuber, que según tengo entendido ha sido estrenada en esta corrida de funciones.

Lo que me parece interesante es cómo Schmidhuber ha enlazado dos historias; páginas de la novela “Atala” de Francois-René de Chateaubriand, artífice del romanticismo francés en literatura, y el encuentro histórico de Fray Servando Teresa de Mier y Simón Rodríguez; padres del independentismo latinoamericano. La obra es en efecto una serie de diálogos entre Teresa de Mier y Rodríguez, con furtivas apariciones de Atala, que surge como musa griega para reflexionar sobre ideas conductoras de la obra.

Algunos estudiosos del padre Mier me han señalado algunos puntos cuestionables de la visión de Schmidhuber; las alusiones a los amoríos de Mier (los cuales no han sido comprobados y lo que tenemos biográficamente apuntan a una conducta rigurosa de parte del independentista) . Sea cual sea la verdad histórica, Schmidhuber ha retratado a dos humanos y no dos héroes, lo que hace mucho más apetecible su propuesta. Simón Rodríguez, pudo haber sido un filósofo de las revoluciones en Latinoamérica pero no tiene escrúpulos en hacer pasar por suya la traducción al español de “Atala”, a pesar de que Mier era el versado en la lengua francesa.

Francisco de Luna desde “El eterno fugitivo” tiene una idea clara del personaje que es Fray Servando Teresa de Mier; aristocrático, puntilloso, erudito y honestamente religioso. En cambio Rodríguez es un idealista apasionado e impulsivo. Gerardo Villarreal hace un buen trabajo con su personaje, incluyendo un acento venezolano natural. Claudia Garza hace una Atala marmórea; su texto es un poco exaltado, de esos que hacen abochornarnos un poco a las frías generaciones del siglo XXI.

La dirección de Luis Martin mantiene el interés y el pulso de la obra; logra que sus actores enfaticen las diferencias filosóficas que les señala el texto. Claramente vemos aquí un discurso de izquierda versus derecha.  Lo único que discutiría son las proyecciones bastante discretas que ayudan a configurar el escenario. Tampoco me pareció acertada la selección de la música; habría sido interesante utilizar la música de Mehul, Paer o Spontini, músicos franceses de este tiempo.

Con Guillermo Schmidhuber
 
Al principio de la obra tardé en querer a ambos personajes, me parecían distantes. Con el transcurso de la trama, estos personajes comenzaron a provocarme la reflexión: los problemas latinoamericanos actuales son los mismos de siempre: Los héroes no existen, aunque aparezcan en la moneda impresa.

sábado, 20 de junio de 2015

"Marx en el Soho" de Howard Zinn, en el Theatron


“Marx en el Soho” de Howard Zinn (1922 – 2010) es la última de las tres obras de teatro que escribió el historiador y activista estadounidense. Sus tres trabajos en el campo de la dramaturgia tienen que ver con sus ideales socialistas, pacifistas y democráticos.  En este caso tenemos ante nosotros un monólogo formidable que critica la insensibilidad del capitalismo, así como la deshumanización del marxismo practicado por la Unión Soviética.

La premisa es simple: por un error, Karl Marx llega en nuestras épocas al barrio de Soho, en Nueva York, en lugar del suburbio de ese mismo nombre en Londres, lugar en donde residió con su familia.
Desde el inicio Marx se dirige a la cuarta pared; relata algo de su vida, la relación con su esposa Jenny o su hija Elanor, mujeres inteligentes y sus más feroces críticos. Además relata con gran vivacidad su relación con otros intelectuales de su tiempo como Engels o Bakunin.

A través de sus palabras Marx hace una rectificación de su teoría socialista y se burla sarcásticamente de los grandes avances y la deshumanización del capitalismo. Si bien hay ciertos temas que son tocados de forma superficial como el de la comuna parisina (el cual es visto desde una perspectiva demasiado idealista), a lo largo de la obra no podemos dejar de aceptar que la historia, en buena parte, le ha dado a Marx una dulce revancha.
Alfonso Teja Cunningham, como Marx, no solamente está caracterizado como lo haría un gran actor de método, además se vuelca con convicción y entusiasmo sobre el texto. Me gustaron diversos detalles del desarrollo de su personaje, como el caminar pausado; un hombre al que le pesan los años. Excelente detalle el relacionar este encuentro de Marx con el público, mientras  consume una cerveza.

Por otro lado me gustó el que representara ante nosotros algunos diálogos, como aquellos con el intransigente Bakunin. Ante nosotros se despliega no solo un teórico sino un ser humano que ama a su familia y es consciente de sus errores.
Estoy seguro de que con el tiempo, Teja redondeará lo que ya es un trabajo destacado.

Como material para reflexión y para tener, al menos, un encuentro inicial con el enigmático Marx, la obra vale la pena. Para los amantes de teatro, es de rigor.
La dirección de Xavier Araiza no es intrusiva y posee algunos detalles efectivos en el manejo del espacio. En ningún momento la obra se hace larga.

Conversando con Karl Marx
 
Actualmente se presenta hasta el domingo 21 de junio en el “Theatron”: Escobedo 847 norte, entre Arteaga y Carlos Salazar, Monterrey, centro.

domingo, 14 de junio de 2015

"Tartufo" de Moliere en el Aula Magna del Colegio Civil, Monterrey


No pocas veces llegamos a la reflexión de que el mejor teatro es aquel que trasciende su tiempo. Si bien  la belleza del uso del lenguaje puede ser un factor fundamental para la consagración histórica de un clásico, las grandes obras tienen un elemento atemporal que las hace vigentes en cualquier espacio. Es una cualidad que yo llamaría “profética” y nos demuestra que en su constitución psicológica, el hombre avanza poco siglo con siglo.
La producción de la Secretaría de Extensión y Cultura de la UANL, bajo la dirección de Sergio García, uno de los grandes directores del teatro regiomontano, es efectiva por la inclusión de algunas escenas que contribuyen a subrayar la hipocresía humana. Así vemos a Tartufo, quien en la lectura de Sergio García sería una especie de ministro de cualquier denominación cristiana, sacando de su inseparable maleta sus ampolletas de morfina. A pesar de que hay una alusión al catolicismo, la obra original de Moliere se refiere a la hipocresía religiosa a grandes rasgos y me parece que esa es la intencionalidad de García. Tartufo, encarnado por Carlos Nevárez, lleva sotana y cuello de sotana, evidentemente si fuera un sacerdote católico sería improbable que aceptara casarse abiertamente. Lo que García ha subrayado es la hipocresía dentro de un contexto religioso.

El escenario es simple y destacan ciertos símbolos como la cruz o el altar que contribuyen inequívocamente a posicionar la tesis de la obra. La música de “Carmen” de Bizet apunta a las pasiones detrás de la pía apariencia del protagonista. También permite la lectura de que Tartufo es un “torero” que burla usualmente a su suerte. Lamento que en un par de puntos la música haya ahogado ligeramente al texto.
Tartufo ha engañado a Orgón, hombre de buena familia, haciéndose pasar por un hombre religioso, moral y sensato. Esto lo acoge en su casa, tras encontrarlo prácticamente en la calle. Desde el principio sabemos que es un hombre incongruente (conozcamos o no la obra de Moliere) y esto se acrecienta. A tal grado Orgón ha quedado seducido por la retórica de Tartufo que le ofrece a su hija de esposa, además de heredarle su fortuna.  Elmira, su segunda esposa, Damis y Mariana, las hijas de su primer matrimonio, Dorina, la criada, y Cleanto, su cuñado, tratarán de interponerse a su ceguera.

La obra comienza inesperadamente con la Señora Pernelle, madre de Orgon, apareciendo de entre las butacas. Me gustó mucho la interpretación de Víctor Martínez, quien dice el texto con fiereza y sin exageración. Un par de titubeos con el texto contribuyeron más a retratar la ancianidad de la señora.
Carlos Nevárez encarna a un Tartufo ideal; poco a poco consigue que el público lo aborrezca por su hipocresía. Su voz de timbre individual y dicción excepcional contribuyen a darle suavidad a este estafador. Todo lo hace con un control emocional pasmoso.

Rubén González Garza, como Orgon, vueve a desafiar una vez más a Cronos. Su caminar es ligero y puede fácilmente caracterizar a un hombre 10 o 15 años menor. Increíble su flexibilidad para meterse todavía debajo de la mesa en la escena en que Tartufo es desenmascarado por Elmira.
Esta última ha sido caracterizada por esa gran actriz que es Guadalupe Treviño. Un retrato de gran dignidad, se ve genuinamente alarmada en las escenas de “pasión fingida” por Tartufo. Logra hacer convincente el respeto que le tienen sus hijastras.

Para mí, algunos de los mejores momentos de la obra se los llevó Josefina de la Garza, como la criada Dorina. Escena en la que estuvo, escena que dominó con su humor  y una presentación ejemplar del texto. Sus intercambios con Orgón fueron de lo mejor de la noche.  En suma, una verdadera sirvienta señora.
Del resto del reparto hay que aplaudir al Cleanto de Mauro Samaniego. Este encarna al catedrático serio, una suerte de alter ego de Tartufo. Del resto me quedo con la impetuosidad genuina de Ximena Villarreal como Damis (Que en la versión original es hombre). Albar Ramírez es un Valerio muy tradicional en la línea de los personajes jóvenes. No encontró una contraparte igualmente responsiva en Yudith González como Mariana quien me pareció demasiado sobria. El Señor Leal y Exento de Pedro Rivera convencieron más por la caracterización física que por el texto, en un punto escuchamos algunos traspiés que seguramente con un poco más de tiempo serán pulidos. A pesar de lo anterior, fue encomendable en general el trabajo de ensamble.



 
Al final queda una gran satisfacción de haber visto el montaje efectivo de un gran clásico. El trazo es tan ágil y vertiginoso que el usual “deus ex machina” pareció muy apresurado. Nos habría gustado más generosidad de Moliere,  pero la tradición es la tradición.

jueves, 21 de mayo de 2015

"El Gesticulador" de Rodolfo Usigli en la Sala Experimental del Teatro de la Ciudad



Una buena obra de teatro es aquella que logra trascender su tiempo, al mantener el poder de su discurso o revelar nuevos puntos de reflexión que son pertinentes para la sociedad en la cual se está representando.
“El Gesticulador” de Rodolfo Usigli, escrita en 1938 y presentada por primera vez en 1947, mantiene su vigencia a pesar de haber sido escrita cuando comenzaba el debate intelectual acerca del México creado por la revolución y las tentaciones políticas que todavía padecemos hoy en día.

La obra, en tres actos, nos presenta un juego de usurpación de identidades; ¿César Rubio, profesor o general?, las oportunidades del juego de la política, la traición y corrupción. Gesticulador es alguien que exagera y esa exageración incluye la simulación. César Rubio no estaba para blofear o entender el blof político. Finalmente esa maquinaria aceitada con sus propias reglas desenmascara al profesor.
La triste moraleja de la historia es que si no está uno dispuesto a negociar o a jugar con las reglas del juego político, el propio sistema te desechará.

Salvador Ayala ha respetado la parte fundamental de la dramaturgia, sin embargo ha limado algunas aristas caducas y ha introducido en el final una breve cita de “La muerte de un viajante” de Arthur Miller; específicamente las líneas finales de Linda. Quizás César Rubio sea después de todo un vendedor como Willy;  pero en este caso lo que vende es una apariencia.
La propuesta visual está planteada en términos Brookianos; la exigua escenografía únicamente subraya lo que los actores realizan con el texto; en este caso, el vestuario es lo que adquiere mayor relevancia tras la palabra y es innegable que todo cuadra y funciona. La obra ocurre en el interior de una modesta casa; pero lo que transforma el entorno es el convincente trabajo de ensamble; en la obra tenemos un vistazo muy fidedigno a las culturas pueblerinas del norte del país.

Los pequeños detalles que le encuentro a la propuesta tienen que ver más con la maduración del texto y la creación de personajes que evidentemente se consigue con el avance de las presentaciones de la obra.
Alejandro Galván nos ha regalado un César Rubio de gran dignidad. Parece tomar la figura del general un poco a su pesar y de alguna u otra forma forzado por las circunstancias; su difícil situación familiar, la relación con los hijos, su pobreza actual. Al principio se nos presenta como un modesto profesor y cuando asume su nueva identidad adquiere su discurso una cierta fiereza, atemperada por el aire calmado del catedrático. Me agradó también el General Navarro de Rogelio Alanís; en manos de los dos actores, el encuentro entre Navarro y Rubio es el punto central de la trama; las máscaras se caen. Quizás un poco más de violencia gansteril en la interpretación de Alanís habría sido más adecuada, principalmente cuando Rubio rechaza su trato.

Fabián Valdés (quien alterna con el talentoso Raúl Oviedo) ha demostrado en varias ocasiones su valía como actor; aquí convence ampliamente como Miguel, hijo de César, impetuoso y cuestionador. Me gustó un poco menos Layda de Anda como Julia, la hija del protagonista. Le faltó mucho más convicción en lo que es evidentemente una mujer de cierto carácter.  Balbina Sada encarnó a una Elena que trata de mediar entre sus hijos y su esposo. Se trata de una mujer que goza de una relación de cierta igualdad con su marido. Sus líneas finales, dichas con gran dignidad y con profundo pesar, podrían ser más contundentes si explorara una vena más emotiva.
Mario González fue un Profesor Bolton excepcional; parecía un verdadero gringo de visita en el México de mediados de siglo XX; el acento idóneo y carente de exageración. Los diputados Salinas y Garza fueron encarnados por Gerardo Sanrey y José María Martínez, ambos de caracteres bien diferenciados y sumamente plausibles en sus estereotipos regionales.

Merece una mención especial el trabajo de Rubén Garza como el Lic. Estrella; epitome del burócrata mexicano embebido en la retórica partidista. Fue tan natural su interpretación que causó risa, supongo que todos nos hemos topado a esta clase de sujetos en México.  La catarsis fue producto del hartazgo partidista; vaya que la risa puede ser una forma de desahogo más inocuo que la violencia.
El resto del reparto, conformado por Porfirio Alvidrez, Víctor González, José Nery Garza y Gerardo Pedraza no desentonaron del buen trabajo general.

No puedo dejar de apuntar todavía cierta inmadurez en la aprehensión del texto; noté algunos titubeos, aunque estos fueron resueltos con garbo.
Solo me queda encomendar la visita a la Sala experimental del Teatro de la Ciudad para ver esta obra; tan solo para encontrarnos con uno de los grandes literatos de México; Rodolfo Usigli. El trabajo de ensamble es loable con lo que el disfrute de ese encuentro queda bien justificado.