Edvard Grieg: La poesía en música



El centésimo aniversario luctuoso de Edvard Grieg se antoja como el más importante del año en cuanto a homenajes se refiere (quizá me traiciona mi predilección por su música), aún y considerando los otros dos grandes homenajeados del año; en Inglaterra se ha conmemorado con bombo y platillo el 150 aniversario del nacimiento de Edward Elgar y en Finlandia el quincuagésimo aniversario del fallecimiento de Jean Sibelius. Pero a mi el 100 se me antoja mas como un número festivo, además de la influencia que ejerció el propio Grieg en la música de arte escandinava, centro de Europa e incluso Rusia. Sin dejar de lado el legado gradual de Sibelius, importante, avasallador cual imponente farallón, fue Grieg quien pronto dio de que hablar en la música de su tiempo; ningún compositor esencialmente de formas pequeñas se convirtió en esa rica paradoja que fue Edvard Grieg. Su importancia nacionalista fue fundamental para la música noruega sumergida en el germanismo pero de eso no me quiero ocupar en esta ocasión. Vayamos a Grieg el universal.

¿Quién puede? Dígame ¿Quién puede resistir la música de Grieg? Las suites Peer Gynt están tan grabadas en nuestros recuerdos que su evocación parece un proceso natural no aprendido. Esto nos hace olvidar el verdadero poder dramático y conmovedor de la música completa para la obra de teatro de Henryk Ibsen. La música de Grieg, seductora, fresca como ojo de agua que borbotea sin perecer alivió los oídos de su época aguijoneados por la voluptuosidad artificial del romanticismo tardío. La música de Grieg se apreciaba tan natural como ahora y por ende imperecedera.

Definitivamente el lenguaje de Grieg es poético en contraposición con la dialéctica académica y el discurso narrativo que imperaba en su tiempo. Con gestos económicos Grieg fue capaz de conmover su época, ni los intelectuales escaparon a su hechizo.

El día de hoy no podemos decir que Grieg es un desconocido pero nos hemos obstinado a desconocer aspectos esenciales de su mensaje, el cual no necesariamente se encuentra en las obras que llevamos en nuestra conciencia. Al carácter evocador placentero casi pictórico de sus libros de piezas líricas debemos anteponer testamentos personales como la balada, una de las cumbres del piano romántico. De igual forma, así como las danzas noruegas y piezas líricas pertenecen al imaginario clase mediero del siglo diecinueve sus danzas campesinas noruegas (Slatter Op. 72) influyeron en el pensamiento musical de la primera década del siglo XX; el nuevo estilo de Grieg dio razones de regocijo a compositores vanguardistas que buscaban una razón moderna para apaciguar el sentimiento de culpa por amar a Grieg. Finalmente la melodía ineludible, trascendental, rústica pero elevada, folklórica pero personal de Grieg forma parta esencial de su estilo.

La aparente incapacidad de Grieg por componer en formas grandes fue compensada por una fecundidad melódica de gran igualdad. Diversos compositores del Siglo XIX a pesar de su impecable maestría de forma quedaron enterrados por la arena del tiempo mientras que Edvard Grieg, deleitó al destino y este cándido lo recibió en sus brazos.

Si en el siglo XIX la obra pianística de Grieg fue el centro de su producción y popularidad hoy ha sido desplazada por el concierto para piano, la suite Holberg en su versión orquestal y las suites Peer Gynt. Los tiempos cambian, las generaciones actuales de pianistas prefieren el virtuosismo de rápida comercialización a la belleza, la sensibilidad y el estilo. A pesar de ello no es raro que verdaderos grandes pianistas del siglo XX como Gieseking, Rubinstein, Gilels y en nuestro tiempo Kocsis, Andsnes y Steen-Nokleberg hayan incorporado selecciones de la obra pianística de Grieg en su repertorio. La relativa ausencia de las piezas líricas en las salas de concierto se debe más a la falsa creencia que son piezas para estudiantes que a un estudio concienzudo de estas. En efecto, las 10 colecciones van creciendo en su dificultad técnica pero aún así cada una de estas obras es un pequeño poema pictórico caracterizado en torno a su título. En manos de grandes artistas las obras adquieren su verdadera dimensión pues el arte de las piezas líricas es el arte de la interpretación de la pintura musical.

La creencia de una ausencia de virtuosismo en la obra de Grieg es una de las razones que ha provocado que muchos pianistas la pasen de largo con excepción de su concierto para piano en la menor (op. 16). Obras como la balada en sol menor en forma de variaciones op. 24, las danzas campesinas noruegas op. 72 y la suite Holber op. 40 (1ª versión para piano) echan a tierra cualquier concepción fácil que se tenga de su producción para piano. Pero hay algo fundamental en la obra pianística de Grieg (que se aplica también a su concierto para piano); el virtuosismo jamás es el fin, se trata de uno de los medios; la expresión, el mensaje, la espontaneidad lo es todo.

La música orquestal de Grieg tuvo un desarrollo gradual que va desde su único ensayo sinfónico fallido, pasando por el siempre fresco concierto para piano, hasta la libertad de las danzas sinfónicas, la música incidental de Peer Gynt y Sigurd Jorsalfar, la suite lírica y la suite Holberg para cuerdas. Lo interesante de esta producción es que si bien en duración todas estas obras son substanciales, la mayoría están formadas por diversos movimientos. A pesar de esta diversidad no podemos negar la coherencia de material (y en obras como Peer Gynt y Sigurd Jorsalfar la unidad temática) que le da a estas obras una igualdad muy característica.

En ocasiones olvidada, la música de cámara de Grieg representa el éxito de la conjunción de la libertad y la imaginación en el uso de formas académicas. Hay cinco obras completas en éste género, tres de las cuales son obras maestras; Sonata para violonchelo y piano y las sonatas # 2 y # 3 para violín y piano. El cuarteto para cuerdas #1 (el segundo quedó inconcluso) y la primera sonata para violín son igualmente obras frescas e interesantes. La sonata para violonchelo y piano en la menor op.36 es una obra enérgica y voluptuosa, uno de los mejores ejemplos del Grieg personal. El contraste temático es de gran calidad y el uso de la forma más que imaginativo. La sonata para violín # 3 en do menor Op. 45 es otra obra de la madurez de Grieg la cual representa la feliz y personal fusión de elementos nacionales y universales.

Las canciones de arte para voz y piano expresan el amor que Grieg sentía por su esposa Nina Hagerup quien era la interprete predilecta de Grieg. Poseía una voz de soprano pequeña y de cuidadosa expresividad. No está fuera de lugar decir que Nina fue uno de los críticos más sinceros de la obra de su esposo (en ocasiones causando cierto pesar a su esposo)

Al estudiar la vida y obra de Grieg se puede inferir que su inclinación religiosa era de carácter panteísta – agnóstica. Durante sus últimos años, menguados por la enfermedad, la religión cristiana unitaria fue su consuelo. No es extraño que su último trabajo de composición haya sido la colección de cuatro motetes a capella Op.74, obras resignadas de serena belleza. Un final bucólico para el poeta de la música del siglo XIX.

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