Una Olla de Deliciosos Bocadillos : Presentación de "La Olla de las Once Orejas" de Marta García Renart, agosto 23


Pocas veces tengo el agrado de asistir al estreno de la obra de un amigo pero dado que me he encontrado por razones automovilísticas varado en la hermosa ciudad de Querétaro tuve el privilegio de asistir a una de la serie de funciones del estreno de la Ópera de cámara “La Olla de las Once Orejas” de Marta García Renart.

A Marta la podría describir como el ejemplo clásico del músico inquieto, absorto en su arte y enemigo de la mediocridad. Hace tres años tuve el privilegio de convivir con ella en un lapso de tres días cuando la invité a Monterrey para dar un concierto al lado del violinista francés Pierre Amoyal. El resultado fue una noche mágica de confrontación de temperamentos.

García Renart es principalmente conocida en México por ser la temeraria pianista que “no se raja”. Siglo XX es parte esencial de su dieta pero sus dedos poéticos de igual forma pueden hacer justicia a Grieg y otros románticos. Su faceta de compositora refleja su gusto vasto pero Marta nunca va a pecar de erudita, la expontaneidad y la sorpresa juegan un papel predominante en su pequeña ópera de cámara.

“La Olla de las Once Orejas” es un viaje onírico a episodios o fragmentos difusos de la vida de García Renart, en donde los juegos de lenguaje juegan un papel predominante. Alguna nota hacía alusión a la dificultad de comunicarse y como este fenómeno era el eje de la trama. Yo no estoy tan seguro, al contrario la ópera comunica y la trama comunica desde el primer instante en que la propia compositora se dirigió al público para dar “la tercera llamada”. La obra es una exploración de diversos lenguajes que, inadvertidamente o no, nos hacen comunicarnos. Podemos captar cosas distintas como la soprano que canta “love is hate, hate is love” o el rap y quizá no comprendamos el mensaje principal pero tenemos evocaciones o comunicaciones indirectas, provocadas por cada uno de los 14 momentos que conforman esta ópera, mexicana hasta los huesos.

La música de García Renart nos lleva desde algunos obstinados efectos y motivos percusivos del piano, hasta el lirismo de la flauta, la poesía latina de la historia de la lagartija o el mapache - mapa-Ché y la fuerza operística de la Handeliana “Love is hate” (eso si que es sorpresa, nadie hubiera imaginado que describiría así la música de García Renart). García Renart tiene un toque mágico para hacer que un rap, divertido en su letra, pero potencialmente prosaico en su estructura musical, estuviera colocado en el momento exacto, en el sitio exacto. Esto es lo que hubiera esperado de Erik Satie si hubiera vivido en nuestro siglo. Tampoco podemos olvidar las sonoridades del trombón que se nos presentó en su faceta menos volátil. García Renart ha tenido la gran idea de conjuntar un ensamble original de piano, flauta y trombón (con guitarra al final) que resultó en sorprendentes combinaciones tímbricas y en una sonoridad de mayor amplitud que lo que puede proporcionar un pequeño ensamble de cuerda.


Ante tal delicia solo me resta hablar de las intervenciones de Mara Tillett (hija de la compositora) en la flauta con un timbre plateado y gran musicalidad, Fausto Castelo en el piano, quien lideró el ensamble con vis cómica. José Luis Bautista al trombón mostró un sonido irreprochable y firme, además sorprendió al final con la guitarra. La soprano Laura Corvera caracterizó en la voz y escénicamente a una diva con un timbre oscuro y masivo para el Museo Regional de Querétaro. Ana Bertha Cruces fue, para mí, el centro motor de la obra, con su carisma escénica y el manejo de los títeres. Escenas contrastantes ocurrían una a una de una forma natural en parte gracias a su dinamismo escénico. Terminó la función cantando un huapango que sonó folklórico en su voz.

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