En Vivo desde el MET de Nueva York; Tres reflexiones: "Los Cuentos de Hoffmann", "La viuda alegre", "Iolanta" y "El castillo de Barbazul"



Mis últimas tres asistencias al Auditorio Luis Elizondo del Instituto Tecnológico de Monterrey para ver el ciclo de transmisiones en vivo desde el Metropolitan Opera House de Nueva York me ha motivado a escribir algunas reflexiones al respecto. Es importante subrayar que no considero que la asistencia a estas transmisiones sea una alternativa, ni mucho menos un reemplazo, a ver ópera en vivo en un teatro, como se merece.

A pesar de lo anterior, sí considero estas transmisiones una experiencia que supera a la de ver una ópera en video o en la comodidad del hogar; el que generalmente sea en vivo le da un aura de emoción y de imprevisto al disfrute. Además las entrevistas y los recorridos fuera de escena merecen la pena para ver el funcionamiento de una gran casa de ópera.  

En suma, para una ciudad como Monterrey, dónde el quehacer operístico está más en la línea de lo anecdótico o insuficiente, el contar con estas transmisiones permiten el sostenimiento y desarrollo de nuevos públicos para este gran género musical.

Offenbach: “Los Cuentos de Hoffmann” , 31 de enero, 2015

Producción de Bartlett Sher con vestuarios de Catherine Zuber.

Reparto: Vittorio Grigolo – Hoffmann, Kate Lindsey – La musa /Nicklausse, Erin Morley – Olympia, Hibla Gerzmava – Antonia, Thomas Hampson – Villanos, Yves Abel - dirección orquestal.

La puesta en escena de Sher juega con elementos del teatro burlesque que nos llevan desde la mundana taberna del inicio al mundo mecánico (y fantástico) de la casa de Spalanzani, pleno de muñecas y muñecos (algunos siniestros) que también hace cierto homenaje al cine mudo de horror,  alucinante y expresionista. El acto de Antonia es, en contraste, austero en mobiliario y enmarcado por un lúgubre bosque. La iluminación es el elemento fundamental del mismo; los juegos de claroscuros están bien conseguidos.

El acto de Venecia revela la decadencia sobrecargada del mundo de las cortesanas.  Hay quienes han encontrado un exceso de movimiento o personajes extras pero en mi opinión los riesgos están bien tomados (incluyendo aquellos que tienen explícitas alusiones sexuales) y en la música de Offenbach podemos encontrar sustento a esa algarabía. La música es de gran belleza y vitalidad y si bien es seria, diversos momentos en los recitativos apuntan a la brillantez de las grandes operetas.

Vittorio Grigolo es para mí uno de los tenores más sobrevaluados de hoy; la voz tiene un timbre que podríamos decir atractivo pero su poder es limitado y no siempre su ataque es limpio. Tampoco posee los matices que un papel como Hoffmann requiere. Actua de forma convincente pero es incapaz de hacernos olvidar a los grandes tenores de antaño. Incomprensible no hayan dado esta serie de funciones a Calleja. Una pena que no nos tocó escuchar en cambio a Polenzani, artista de mayor sensibilidad que el italiano.

Para lo que me ha servido estos “Cuentos de Hoffmann” es para subrayar el declive que vive en algunos aspectos el otrora formidable Met de Nueva York. No es un declive que pongamos en focos rojos pero francamente ninguna de las heroínas habría hecho su debut allí hace veinte o treinta años. Reconozco que Erin Morley tiene el registro y la extensión para cantar Olympia. Incluso su actuación es convincente y divertida. Su aria la cantó con aplomo pero en algunos pasajes evidenció una respiración corta y en uno o dos momentos mostró cierta inseguridad en los agudos (incluyendo un extrañamente corto sobreagudo final). Hubo a quienes les gustó el trabajo de Hibla Gerzmava, a mí me pareció un error de elección de reparto; la soprano posee una voz media aterciopelada que apunta a cosas interesantes en Verdi, por ejemplo. Pero aquí sus agudos un poco estridentes perdían substancia; definitivamente nunca pudo encarnar convincentemente (con una figura tan sana) a la enfermiza Antonia.

 Thomas Hampson aportó todos sus recursos histriónicos para encarnar a los villanos de la ópera, pero es evidente para todos, salvo sus más acérrimos admiradores, que su voz de barítono no posee la profundidad en los graves que requiere este papel (hecho para un barítono – bajo) En muchas ocasiones su voz no corrió en los ensambles o en algunas frases que le quedan en el registro bajo; un ejemplo de ello en el acto de Olympia ocurre en su recitativo “Je tuerai quelqu'un”.

Kate Lindsey fue la única verdaderamente satisfactoria del reparto femenino. Su voz de mezzo es bella, ligeramente oscura y aterciopelada. Desplegó una actuación vocal y escénica de gran altura, capturando el aspecto femenino y ligeramente despiadado de la musa.

La dirección orquestal de Yves Abel logró un balance sonoro; equilibrado, cultivado, pero a veces carente de más energía. No concuerdo en absoluto con los absurdos cortes que le propinó a la obra; por ejemplo en el final del acto de Olympia en donde se pierde todo el enredo y desconcierto final; el coro riendo por la ingenuidad de Hoffmann y Spalanzani y Coppelius lanzándose improperios.
 

Lehar: La viuda alegre  (Diferida) 7 de febrero, 2015

Producción de Susan Stroman y vestuarios de William Ivey Long.

Reparto: Renee Fleming – Hanna, Nathan Gunn – Danilo, Keli O’Hara – Valencienne, Thomas Allen – Baron Zeta.

La producción Art Nouveau de Stroman, bien conocida en el medio de Broadway, no aporta nada excepcional a la historia de representaciones de esta opereta; quienes gusten de este platillo encontrarán los ingredientes decadentes y sofisticados acordes al escenario; vestuarios de principios de siglo XX. El trazo escénico, de corte “broadwayiano”, se centra en frivolidades propias de la sociedad que retrata. 

La orquesta, dirigida por Andrew Davis, regaló una interpretación delicada y de altas cantidades de carbohidratos sonoros que seguramente disfrutaron los fanáticos de esta partitura. Hay que destacar el pulso de Davis para dibujar los ritmos de vals que engalanan la obra. Hizo lo impensable; una “Viuda alegre” sensible, al menos en dibujo musical.

La frialdad proverbial de Renee Fleming quedó al dedillo al personaje de Hanna. Si bien en algunos pasajes agudos su voz ya evidencia el comienzo de cierto declive, la sedosidad- y sobretodo belleza-  de ese registro medio argénteo no ha desaparecido.

Haciendo su debut en ópera, Keli O’Hara fue una excelente contraparte, un poco más frívola, a Fleming. Su voz pequeña encontró en la música de Valencienne el medio perfecto para llevarnos al teatro musical.

El Danilo de Nathan Gunn pasa un pelín arrogante – e insoportable – en su caracterización y trazo escénico. Incomprensible como un patán así se queda con la joya de la corona. Su timbre atractivo y vibrante al menos nos ganó un poco en esta faceta.

Que una leyenda Thomas Allen enfoque el otoño de su carrera en la “Viuda alegre” es desconcertante. Pasando de lado lo anterior, no podemos dejar de admirar esa voz lírica y pastosa o la inexhaustible gracia escénica.

 
Tchaikovsky : Iolanta  /  Bártok: El Castillo de Barbazul , 14 de febrero de 2015

Producción de Mariusz Trelinski y vestuario de Marek Adamski

Reparto: Iolanta; Anna Netrebko – Iolanta, Piotr Beczala – Vaudemont, Aleksei Markov – Robert, Ilya Bannik – Rey René, Elchin Azizov – Ibn-Haka- Barbazul:  Nadja Michael - Judith, Mikhail Petrenko – Barbazul

Debemos de reconocerle al MET que tras la “pauperización broadwayiana” de la ópera con “La viuda alegre” nos haya ofrecido una de las mejores producciones del año en lo que fue la doble presentación de óperas en un acto; “Iolanta” de Piotr Ilich Tchaikovsky y “El Castillo de Barbazul” de Béla Bártok. Esta función demuestra las posibilidades de explorar el vasto repertorio de óperas en un acto; “Djamileh” de Bizet, “La voix humaine” de Poulenc, “Ariane” de Martinu, “Sarka” de Janacek, “Penthesilea” de Schoeck, “Helene” o “La princesse jaune” de Saint-Saëns. Se antojan como excelentes oportunidades. “Iolanta”, que por primera vez se presentaba en el MET, me parece que sin sobrepasar otras de las óperas de este compositor, es una obra bien desarrollada en su dramaturgia, no carente de momentos bien conseguidos. Es efectivamente un título que puede tener mayores consideraciones en el repertorio occidental. Quizá le falta algo de tensión o de contraste, pero finalmente posee más cualidades que defectos.

La producción del director polaco Mariusz Trelinski ha sido oscura en Iolanta; en dónde la luz está dada principalmente por los colores brillantes de los trajes contemporáneos de los personajes fuereños. Aquí el escenario es un coto de cacería de planta cuadrangular que continuamente cambia de perspectiva. Este coto está engullido en un bosque oscuro. La luz solamente adquiere brillantez en la aparición de Vaudemont o al final, cuando Iolanta accede a ver.

Para el Castillo de Barbazul ha logrado una producción de primer nivel; a momentos claustrofóbica, utilizando a su favor el recurso del video y animación virtual y en dónde el Castillo, también contemporáneo, es una especie de bodega-fortaleza (la relación de Barbazul con la mafia es inequívoca) de varios pisos. Si bien la lluvia exterior se antoja al principio poética, poco a poco, al ser revelados los secretos, vemos la oscuridad de Barbazul que terminará por engullir (asesinar) a Judith. Al final se convierte en un fantasma.

En cuanto al reparto de Iolanta; Anna Netrebko demuestra que en el repertorio ruso es una reina, en contraste de sus, no necesariamente impecables, presentaciones en repertorio verdiano más pesado. Curiosamente por primera vez comencé a notar que su registro alto no se escucha tan refulgente como antes pero su voz media posee esa belleza eslava y una variedad de matices que hoy por hoy la han convertido en una de las grandes divas de la ópera. Su actuación como la princesa ciega es convincente y a momentos conmovedora.

Piotr Beczala confirma que hoy es uno de los grandes tenores líricos que no tiene nada que temer a colegas de generaciones anteriores; la generosidad de su canto, la voz vibrante, la técnica impecable y sensible, no hay nada que pedir. Siempre corta una presencia escénica carismática, si bien un poco generalizada. El gran hallazgo para mí fue la voz de Aleksei Markov, el barítono ruso derrochó voz en su bella aria y lo único lamentable es que su papel (aparte del aria y escena con Vaudemont) dure tan poco. El timbre pastoso y vibrante fue un deleite.

Desafortunadamente regresamos a las inconsistencias actuales de reparto de parte del MET. No que los artistas no tengan la capacidad de salir avante en sus papeles, cosa que se da por hecho. El problema es que no hay fantasía, no hay grandeza vocal, solo solidez. Ni Ilya Bannik en el generoso papel del Rey René (Se lleva una de las grandes arias de la obra) ni Elchin Azizov como Ibn-Hakia poseen voces suficientemente contrastantes ni excepcionales. Bannik es más un barítono-bajo que carece de la zona de profundidad para hacer verdadera justicia a su papel, además en más de una ocasión la voz no pareció de suficiente firmeza.  Se agradece que escénicamente posee una buena presencia. Lo mismo se podría decir de Azizov, una voz solvente, no muy bella no muy profunda.

El debut de nuestra compatriota (mexicana) Casandra Zoe Velasco ha sido emocionante, bien conseguido escénicamente y con una voz lírica bella (en contraste con las voces matroniles de las otras dos institutrices). Las tres trabajaron bastante bien en su canto de conjunto.

Con el gran trabajo de Nadja Michael y de Mikhail Petrenko, la ópera pasó del género artístico refinado de “Iolanta” a la obra de arte que es “El Castillo de Barbazul”.  Michael es una soprano dramático donde su canto y trabajo escénico están completamente al servicio de la dramaturgia. Un verdadera animal de escena que conmueve por las súplicas a Barbazul, la violencia de la relación de ambos, los matices sexuales, la pasión, la negación, y la tragedia. En la escena de la tina, Michael prácticamente canta desnuda y posteriormente se enfunda en una bata traslucida, reflejo de su vulnerabilidad y del deseo de Barbazul.  Petrenko realiza una creación lúgubre y torturada de Barbazul, contenido en su violencia hasta el momento fatal de la última puerta. Desde el principio se nos aparece como un hombre misterioso, pero a la vez enigmático. Su voz muy superior a la de los bajos de la ópera precedente; buena emisión y color oscuro, firme y generoso en las dinámicas.

Valery Gergiev en ambos casos logró lecturas de gran poder y suntuosidad. En “Iolanta” no se puede tener mejor abogado defensor de la partitura; los matices de la rica orquestación de Tchaikovsky y el poder sensual de algunas melodías.  En “El Castillo de Barbazul” favoreció una versión concentrada, oscura; prácticamente un thriller en el escenario y en el foso.  El paso de oscuridad a luz y de luz a oscuridad fue favorecido no solo por el sonido cultivado de la Orquesta del MET sino por ciertos detalles que Gergiev destaca de la partitura; la nitidez del tema de la sangre, por ejemplo, la potencia de grandes vistas de la quinta puerta o los sonidos liricos, casi sensuales de la puerta de las joyas.

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