Marmol en el Cielo de Hernán Galindo: Un mundo glacial



Un sentimiento de zozobra emocional es el resultado de presenciar el drama “Mármol en el Cielo” de Hernán Galindo. La obra se sostiene, en gran medida, gracias a concentradas escenas de confrontación, pero sobre todo a brillantes actuaciones de un reparto bien conjuntado.  
Los comentarios que había recibido al respecto de la obra es que esta es una crítica a la cultura de las clases altas. Otros comentaban que su extensión la hace cansada hacia la segunda parte. Queda patente lo primero pero en cuanto a lo segundo creo que la obra está tan bien construida y actuada que en ningún momento se cae el pulso dramático y cuando el texto y la trama son menos conseguidos estos son rescatados por los actores.

No me atrevería a decir que la obra es desigual. Como en la mayor parte de su destacado trabajo como dramaturgo, Hernán Galindo ha observado bien a la sociedad que retrata en su obra; los usos característicos del lenguaje, las actitudes, la ambigüedad de la moral. Curioso entonces que Galindo, en un texto preparado para el programa de la obra, escriba que “Marmol en el Cielo muestra una familia como miles en el mundo, en cualquier país, con gran poder económico y donde se suceden los permisos inimaginables”. Definitivamente el mundo retratado en “Marmol en el Cielo” es un mundo eminentemente regiomontano. No hay razón para trivializar el mensaje; claramente la estructura cultural de un sector influyente de la ciudad juega, sueña y se recrea en una “aspiración a la realeza” y en un juego de intereses económicos y doble moral. Podrá tener contrapartes en el mundo pero no se puede evitar el olor regiomontano que despide.
El que Galindo haya logrado dotar de un cierto humanismo a tan oscuros personajes es en gran medida un testimonio de su calidad como escritor al mismo tiempo que los actores han encontrado algún dejo de humanidad en tan impenetrables seres.


La obra comienza impetuosamente con una fuerte y dolorosa escena en donde se nos presentan David y Zulema; primos en la genealogía de la familia Casablanca, que han sido casados por intereses económicos. Ambos tienen un hijo con parálisis cerebral. Este es uno de los puntos en donde ha fallado ligeramente la visión de Galindo; sabemos que la parálisis cerebral es producto de un nacimiento con complicaciones no por factores congénitos. Habría sido más adecuado mostrar al hijo con alguna clase de retraso psicológico. Independientemente de lo anterior, esta escena establece la tónica de las relaciones tensionadas y en estado de descomposición de la familia. Si algo sostiene la estructura de los Casablanca es el dinero, al que nadie está dispuesto a renunciar.

Fernando Lozano subraya a un personaje despreciable, cínico con gran destreza. Uno de esos aterradores personajes sin alma. Lástima que la obra no explora las relaciones de este con sus padres o su hermana, algo que se infiere en algunos diálogos. En contraste, Adriana Díaz hace una Zulema ligeramente inestable, cínica también y dispuesta a jugar con un elemento sexual subyacente. Augusto Guevara realiza una sobresaliente actuación como David, el abandonado hijo de ambos. Completamente plausible como un niño enfermo y victimado por sus padres y su nana. Esta última, interpretada por Arol Greta, es uno de los personajes menos convincentes de la trama; su figura espigada y declamación del diálogo son completamente ajenas a una verdadera mujer que proviene de la sierra.

La primera parte de la obra nos presenta las relaciones destruidas del núcleo familiar conformado por Román Casablanca y Gladys, sus hijos David (comentado en el párrafo anterior) y su hija Verónica. Aquí nos conmovimos por las excepcionales actuaciones de Guadalupe Treviño, como Gladys y el sobresaliente rango de emociones e inestabilidad conseguidos por Ludyvina Velarde, de quien espero ver más trabajos.


Guadalupe Treviño hizo una madre de familia completamente alejada de sus hijos, absorta en sus empresas culturales y su comodidad. La brutalidad subyacente que logró impregnar a un personaje que al principio parece demandante pero agradable, me sumió en la incomodidad.  Treviño sabe construir perfectamente un personaje que proviene del mundo cultural, pero la fuerza, la inestabilidad emocional, nos muestran la gran actriz que es.
Ludyvina Velarde es como un espejo de lo que en la segunda mitad ocurrirá con Antonio Craviotto; hijos menores de ambas familias, inteligentes, insatisfechos en principio con sus roles culturales y en conflicto con la moral inexistente dentro de las familias. Fue terrorífico el ver como Verónica iba perdiendo cada vez más su estabilidad hasta lograr una escena de confrontación con su padre que alcanzó la intensidad de una tragedia griega. Velarde logró un patetismo en sus rasgos y declamación de gran estatura.


Héctor Díaz Bortolussi hizo toda una creación de Román, patriarca de los Casablanca. Su caminar, gestos, expresión. El trabajo de un experimentado gran actor. Reveló poco a poco la oscuridad del personaje hasta su patético final.
En la segunda mitad presenciamos el desmoronamiento de la familia encabezada por Lucio Casablanca y su esposa Lourdes. El centro de este acto, fue Alberto, encarnado por Antonio Craviotto, uno de los actores más talentosos que hemos visto de actuales generaciones. Me atrevo a decir que será potencialmente un monstruo del teatro y hoy en día es un actor completo. Su movimiento es un arte en sí mismo. Su expresividad. Recreó a un hijo turbado, esquizofrénico, derrotado.

El momento más conmovedor de la obra, aquel en donde asoma un dejo de luz, es la escena con su hermano Omar. Aquí, Gerardo Huerta como Omar,  complementó con gran sensibilidad el trabajo de Craviotto. Ambos victimados también por su propia familia.

Jorge de la Garza creó un Lucio insensible con gran naturalidad. Vicky de la Piedra encarnó a una Lourdes unidimensional, desde el punto de vista dramático, pero creíble en su obsesión por la religión y su impotencia ante la fragmentación familiar. Claudia Abrego creó a una Cristina voluble, descarada y carente de compasión. Su tragedia nos parece menos conmovedora puesto que es un personaje con escasos reflejos humanos. Una buena realización.
Como el hijo de Cristina y Omar, David Moncayo impresionó con su altanería y vacuidad; un reflejo de la frialdad de su entorno.


Enríque González, logró a mi juicio, una de las actuaciones  de nota en la obra. En este caso realizó el personaje de Norman, otra de las cabezas de la familia Casablanca. González alió muy bien el elemento cómico con sus propios conflictos personales. Un personaje frívolo, cínico, insatisfecho. Un homosexual que no encaja en la familia por sus preferencias y estilo de vida pero incapaz de renunciar a su estatus y sobre todo a sus bienes.
Emilio Rivas, como el criado Braulio, realizó una buena actuación de soporte con ciertos rasgos cómicos que escondían sus verdaderas y negras intenciones. Lydia Lozano como Silvia logró comunicar con su papel el elemento de masoquismo nutricio, característico de la servidumbre de la familia Casablanca. Muy acertada en su caracterización de un personaje sin amor propio, con un ego reducido por sus interacciones con los Casablanca.


Hay que ver “Marmol en el Cielo”, obra de la cual se pueden realizar diversas reflexiones. Quedará como uno de los trabajos más críticos de Hernán Galindo, a pesar de su deshumanización y ciertos convencionalismos dramáticos.


Me provocó sonreír maliciosamente el leer una pequeña columna  en el programa de mano, en la que Romeo Flores Caballero nos habla sobre “Cuando los valores ceden al dinero”.  Uno de las grandes temáticas de “Marmol en el Cielo” es la incapacidad de muchas personas de reconocer la propia “falta de principios”.
Agradezco  a mi amiga Guadalupe Treviño su gentileza para faciltarme la fotografía que ilustra este artículo.


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