Una Luisa Miller rutinaria en el Liceu de Barcelona : 25 de Junio de 2008


El crítico verdiano Abramo Basevi proclamó a “Luisa Miller” como una obra que anuncia el segundo estilo verdiano, donde progresivamente se abandonan las estructuras antiguas a favor de una “naturalidad” más realista. Es verdad, la obra a momentos nos acerca a trabajos como Rigoletto. Hay un cierto paralelismo entre el Miller y la Luisa del tercer acto y Rigoletto y Gilda. En contraste, la obra posee todavía algunos elementos donizettianos y belcantistas que Verdi trabajó con alguna personalidad propia pero que en mi opinión no acaban de cuajar dentro de un estilo que apunta a otras cosas. A pesar de esto “Luisa Miller” es uno de los trabajos más individuales del verdi temprano junto con “Macbeth”, “Nabucco” “I due foscari”y “Ernani”.

Luisa Miller posee también algunos elementos en su trama que el día de hoy no quedan tan bien erigidos dramáticamente y causan una cierta incomodidad. Tal es el caso de la incompetencia de Rodolfo para librarse con valentía del yugo de su padre; en un momento amenaza con dar muerte a su amada para que su padre ceda a sus intenciones. Prácticamente se nos presenta como un juniorcito celoso e inefectivo, al menos esta es la dimensión que desarrolló el tenor venezolano Aquiles Machado.

Desafortunadamente la presentación de Luisa Miller en el Liceu resultó en una de las veladas más frías de la temporada. Verdi y su drama apareció rara vez en el escenario.

La batuta de Maurizio Benini no fue culpable de la indiferente función. El maestro italiano tiene una idea muy clara del sonido verdiano y subrayó con acierto la elegancia belcantista de la partitura comenzando con una obertura de acentos elegantes y tempi vivaces. Líneas elegantes en “Tu puniscimi, Signore” y “Quando le sere al placido” metales contenidos, bien integrados en el plano sonoro hasta que en el final dramático se les permitió la libertad de escucharse con fuerza vengadora. La orquesta en general no estuvo a la altura con unas cuerdas deslustradas y cornos que han traicionado con consistencia toda la temporada. Pareciera que el repertorio italiano les es indiferente pues su compromiso es inferior a lo que se pudo apreciar en obras como Elektra, Walkure o Tannhauser.

La puesta en escena de Gilbert Deflo con escenografía de William Orlandi fue otro de los aciertos de la noche; ante nosotros se abrían escenarios de época en forma de medio círculo que nos transportaban a paisajes bucólicos y oscuros de la Alemania rural; colores claros para los vestuarios campestres y oscuros para la nobleza. El concepto está inspirado en la pintura de Gaspar David Friedrich. El trazo escénico convenció un poco menos debido a lo estático de algunos cuadros. Únicamente el final logró elevar las emociones.

Krassimira Stoyanova fue la triunfadora indiscutible de la noche, la diva búlgara posee una voz de gran agilidad y técnica sólida con un timbre individual aterciopelado. Su Luisa Miller fue lírico puro. Hay algo de morbidezza y de color oscuro delicado. Nos presentó a Luisa como un personaje vulnerable y conmovedor. Lástima que no despertara mayor pasión en el Rodolfo de Aquiles Machado. Basta recordar su aria con las intervenciones de Wurm al comienzo del segundo acto para darnos una idea de la variedad de emociones que puede lograr.

Giacomo Prestia trazó un Conde Walter atormentado y vacilante. Su voz de bajo cantante tiene un centro sólido y un timbre individual pero carente de la belleza de otros instrumentos. La voz, de buen tamaño, pierde algo de homogeneidad en el registro alto pero es un instrumento seguro.

El Miller de Roberto Frontali fue un hombre abatido. Su dueto con Stoyanova fue uno de esos escasos momentos en donde surgió un compromiso escénico más que rutinario durante la función. La voz de Frontali es oscura pero esencialmente lírica sin poseer la belleza de otros contemporáneos, podemos agradecer la solidez del instrumento y la elegancia de su línea vocal. No en vano es recordado como un excelente barítono belcantista. Su aria del primer acto mostró una línea de cuidada sutileza, la cabaletta “Ah! Fu giusto il mio sospetto” mostró un fiato impecable sin la intención de hacer un derroche de voz. No optó por ninguna conclusión espectacular.

El Rodolfo de Aquiles Machado fue casi un antihéroe, incapaz de actuar con determinación ante el poderío de su padre. No ayuda que el libreto lo muestre como un ingenuo de poca monta. Aún así se agradece la entrega de Machado en el último acto donde finalmente cortó a Rodolfo con una tijera trágica. No puedo dejar de pensar que su voz, lírica pura, es un punto más pequeña de lo que requiere el papel. Con Rodolfo estuvo al límite de sus posibilidades; su registro alto denota un vibrato que si bien no es insoportable todavía, traiciona el abordaje de un repertorio algo más pesado que lo que debería de estar cantando. Su registro medio posee buen tamaño pero el registro alto carece del slancio y la proyección de otras voces similares. En un par de ocasiones quedo prácticamente perdido en la orquesta. Destacó un sólido pero insípido “Quando le sere al placido”.

Samuel Ramey es uno de mis artistas preferidos desde 15 años atrás. Su voz mantiene ese volumen que en tamaño sobrepasó el de su colega Prestia. (a pesar que se notó un respeto por mantener una emisión similar a la de su colega). Es triste admitirlo y más escribirlo pero Ramey está en una etapa problemática de su carrera. Su vibrato es demasiado amplio y afecta completamente la línea vocal del artista. Su timbre, individual como siempre, ya no tiene la frescura de antaño. Es sintomático que un papel como Wurm, que 7 u 8 años atrás habría cantado con la mano en la cintura, ahora le reporte exigirse a fondo. Claro, dramáticamente cumple al dedillo su cometido pero vocalmente no es lo mismo.

Irina Mishura fue una Federica abrasiva y demasiado eslava para mi gusto. Su vibrato dramático contrastó con los requerimientos más líricos de la música de este personaje. Eché en falta una voz belcantista. A esto se le llama hacer agua con un personaje.

Fallas vocales y dramáticas no permitieron que esta Luisa Miller se alzara de un mero decoro. Lástima pues los elementos apuntaban a una noche memorable.

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