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lunes 28 de julio de 2008

El Rincón de Orfeo: Death in Venice - Piotr Anderszewski - Leonard Slatkin



Por cuestiones de estudio y de trabajo no había tenido tiempo de compartir mis crónicas de algunos conciertos en Barcelona, helas aquí.

Death in Venice de Britten en el Liceu de Barcelona, 13 de mayo

Asistí a la función del 13 de mayo en el Liceu. La primera sorpresa fue la cancelación total del tenor Thomas Moser como Aschenbach, esto me decepcionó en gran medida pero no concibo una forma mejor de cantar el papel que como lo hizo el tenor Hans Shopflin, su reemplazo, ya abundaré en esto.

Primero vayamos a la obra. No creo que Muerte en Venecia pueda contarse entre las mejores óperas de Britten. Producto de sus últimas energías es una obra melancólica y lúgubre con algún dejo de ironía. Tampoco sirve que la obra sea el vertedero de las neurosis y secretos placeres del compositor, para ello no se requieren tres horas. Si en cuanto a orquestación Britten logra una partitura interesante, fascinante a momentos, en la estructura general la ópera es monótona y carece de la tensión suficiente para sostener 3 horas. Como un largo paseo en góndola en un día de neblina en Venecia.

Quizá mi apreciación suene injusta, vamos, es sólo mi apreciación, pero al lado de un Peter Grimes un Billy Budd o un Turn of the screw la Muerte en Venecia no termina de cuajar. A veces la música parece indicar que tras el gran canal surgirá alguna pagoda. Es claro el orientalismo de Britten (¡en su ópera más mediterránea!). El insistente motivo de los vendedores (con la explotación del xilófono) es ejemplo de esto.

La puesta en escena de Willy Decker con escenografía de Wolfgang Gussmann me pareció brillante, economía de medios pero no de ideas. Un momento como el paseo de Aschenbach en góndola con el siniestro gondolero reunió la poesía de la música y la escena. De igual forma los desnudos masculinos en escena, si bien inquietantes, fueron manejados con destreza y con especial cuidado dramático. La iluminación de Hans Toelstede contribuyó a recrear de forma minimalista pero evocadora el entorno de la Serenissima.

Hans Schopflin, más que sustituyó a Moser, parecía como si la propuesta hubiera sido concebida con el en mente. No creo que en la actualidad haya alguien que pueda cantar mejor este papel (a menos que Anthony Rolfe Johnson o algún otro gran tenor inglés veterano lo tenga en su repertorio). Su voz es como una versión bella de Peter Pears. Un tenor lírico de carácter pero con stamina. Su control vocal es tal que pudo dibujar a un Aschenbach depresivo y cansado. Su fijación por Tadzio parecía una exacerbación estética, no sexual, aunque la música y la escena se encargaron de revelarnos su inconsciente.

Scott Hendricks estuvo a la par de Schopflin. Sus encarnaciones del mal (o lo siniestro, diría yo) sorprendieron, chocaron y turbaron. Su voz de bajo-barítono resonó con decisión logrando una diferenciación de los personajes sin perder el hilo conductor.

El Tadzio del bailarín Uli Kirsch fue seductor e ingenuo. Uno de esos papeles donde la música logra caracterizar al personaje, una especie de Muette de Portici actual.

Carlos Mena, como la voz de Apollo estuvo fenomenal. Quizá recibió un poco de amplificación (pues el personaje lo exige) pero qué timbre de contratenor, que carácter. Mena es ese raro ejemplo de falsetista que mantiene un colorido masculino.

El resto del extenso reparto cumplió de forma sobresaliente. Destaco a Claudia Schneider y Joseph Ruiz con sus persistentes personajes que atormentan a Aschenbach.

También debo decir que todos los “signore” del texto me fueron causando hartazgo gradual, quizá era la idea.

La Orquesta del Liceu se escuchó plena y comprometida con una partitura en los linderos del repertorio. Sebastian Weigle dirigió con aplomo e infalible oído clínico. Una obra que le queda al dedillo en temperamento. Quizá no triunfó Britten pero si el drama musical.

Beethoven y Vaughan Williams con Piotr Anderszewski y James Judd en L’ Auditori, 17 de mayo

El pianista polaco Piotr Anderszewski triunfó con el primer concierto para piano y orquesta de Beethoven. El Op. 15 en do mayor es una obra que mantiene un corte clásico pero posee la fuerza expresiva del Beethoven maduro. Es una obra llena de un optimismo sin borrascas, fruto de la juventud del maestro de Bonn, su movimiento lento de gran poesía sigue conquistando los oídos y corazones de los melómanos. La batuta enérgica y expresiva de James Judd fue otro de los puntos altos de la noche.

El concierto inició con “Líneas de fuerza” del aragonés Carlos Satué. La obra de Satué es altamente experimental y ha ganado diversos premios. Es una pena que en el aspecto estético “Líneas de fuerza” no funcioné más que como laboratorio de contrastes tímbricos, efectos de la rica escritura para la percusión y una escritura excesiva de los metales que en ocasiones no permitía escuchar algunos de los otros instrumentos. En suma me pareció una obra, si bien interesante a momentos, anónima como cuanto se compone en la actualidad; se ve una desesperación de los compositores por encontrar un lenguaje pero hoy en día, gran parte de la música culta ha quedado en un campo experimental que hay que escuchar porque es lo de hoy pero en general no hay otras razones.

El concierto para piano #1 de Beethoven fue un triunfo del rapport entre Anderszewski y Judd. El pianista polaco posee un timbre y toque exquisito que no pierde en virilidad y que lo hace ideal para este repertorio. Con Aderszewski el virtuosismo del último movimiento, pleno en síncopas y fraseos irregulares, no fue un hecho vacío y fortuito sino una digna y espectacular culminación después de la magia destilada en el movimiento central. El acompañamiento de Judd poseyó carácter y ayudo a moldear la arquitectura de los tres movimientos con tiempos vivos, nunca sobrecargados. La ovación final fue más que justificada.

Judd como buen inglés nos regaló una versión antológica de la 5ª sinfonía en re mayor de Ralph Vaughan Williams, uno de los músicos más originales del siglo XX. La orquesta parecía tener la música en sus venas pero este fue el estreno en Barcelona de una de las obras esenciales del catálogo del compositor inglés. Por supuesto que en México se nos pasa de noche el 50 aniversario luctuoso de este maestro. Después de una inestable y tímida entrada de los cornos (en re mayor) en el primer tema, la orquesta se sobrepuso y ayudados por la acústica reverberante de L’ Auditori dieron una versión cálida y luminosa de esta obra que está inspirada en el “Progreso del Peregrino” de Bunyan y temáticamente relacionada con la ópera del mismo nombre. El segundo movimiento “scherzo” poseyó el humor sardónico, a momentos dócil a momentos agresivo en una atmósfera de terciopelo donde las dinámicas cuidadosamente controladas por Judd provocaron el efecto de misterio requerido. El tercer movimiento con su emotivo coral y el juego de las maderas (incluyendo el corno inglés) tuvo esa calma que contrastó con la passacaglia final donde cada variación cobró una personalidad propia hasta acumularse en un climax que interrumpe dicha passacaglia con la llamada de los cornos del primer movimiento. La belleza de la escritura de las cuerdas cerró apaciblemente esta obra que sigue sorprendiendo por la belleza y recursos poco ortodoxos aplicados al problema sinfónico.

Haydn, Barber y Berlioz por Leonard Slatkin y la OBC, 24 de mayo

La presentación de Leonard Slatkin con la Orquesta Sinfónica de Barcelona y Nacional de Catalunya sobresalió por un programa excelentemente trabajado y disfrutable de principio a fin sin excepciones. Slatkin posee una batuta de trazos claros y precisos con gestos elegantes y un quehacer musical de primera línea. La OBC le respondió con entusiasmo.

El concierto abrió con la Sinfonía # 67 en fa mayor de Haydn. Definitivamente el mejor Haydn que he escuchado en mi vida ha sido con la OBC, ya había elogiado la versión de una sinfonía de Haydn que realizó el finlandés Hannu Lintu, si en aquella ocasión dominó la majestuosidad y el poder clásico del discurso de Haydn, Slatkin nos mostró la calidez del compositor, el juego y los contrastes. El pulso vivo (esencial en Haydn) imperó en el quehacer de los cuatro movimientos. Hay que destacar el segundo movimiento; una marcha lenta entrecortada por fanfarrias que concluye en un sorpresivo efecto “col legno”. El tercer movimiento “minueto” permitió el lucimiento de los dos violinistas principales de la orquesta y la diversión de Slatkin que de pronto, al finalizar los solos, extendió sendos billetes a los músicos en gesto de apreció y complicidad. Estos los tomaron con sorpresa mientras el resto de la orquesta (por supuesto) seguía con la obra. La obra sin lugar a duda nos recuerda a “Cosi fan tutte” de Mozart, solo que esta vino mucho tiempo después.

Como gran promotor de la música estadounidense, Slatkin presentó una versión poderosa del Ensayo #2 Op.17 de Samuel Barber, obra que posee el estilo suntuoso no carente de lirismo típico de este maestro. No en balde Toscanini fue uno de los primeros directores que interpretó la música de Barber (algo poco usual en el). Slatkin dirigió una versión de referencia de esta obra poco conocida pero que podría estar circulando con más regularidad en el repertorio sinfónico. No carece de una acumulación de emociones y un climax grandioso que posee la melancolía que separa la obra de otras frivolidades más típicas del arte estadounidense.

El concierto terminó con una tremenda “Sinfonía Fantástica” de Hector Berlioz. La versión de Slatkin dejó de lado cualquier intención historicista y presentó la obra como lo que es; una gran sinfonía romántica para cualquier época. La reverberancia de L’ Auditori y el generoso portamento de las cuerdas realzaron una versión lujosa y substanciosa que no minimizó los efectos climáticos, lo cual es de agradecer. “Sueños y pasiones” sentó el estándar del resto de la interpretación; cuerdas tersas, alientos bien timbrados y metales explosivos. El pulso de Slatkin dio vida a cada cuadro de estos episodios de la vida de un artista. El baile (sin corneta optativa) lució las diversas voces contrapuntísticas del maestro francés. Para la escena en los campos, Slatkin aprovechó algunas características de la sala para lograr los efectos deseados: El oboe solista fue a dar al palco presidencial desde donde realizó sus llamadas. Los timbales quedaron dentro de los camerinos; la tormenta que se avecina retumbó en los confines del L’ Auditori. La marcha al patíbulo (sin reexposición) fue un momento acumulativo que perdió algo en detalle, dada las intenciones, pero ganó mucho en espectáculo. El Sabbath de las brujas culminó de forma apoteósica una gran versión que quedará grabada en mi memoria por mucho tiempo; en gran medida cimbrado por esas campanas pero también por la algarabía contrapuntística de la danza bizarra que culminó con una ovación que eruptó L’ Auditori y que hizo regresar a Slatkin más de 5 veces a recibir aplauso.

domingo 20 de julio de 2008

Una Traviata Discreta en Monterey : 20 de julio de 2008 Ópera de Nuevo León


El regreso de la ópera a la ciudad de Monterrey ha sido celebrado con bombo y platillo. No cabe duda de que el público regiomontano espera estas presentaciones que se dan en cuentagotas, el presidente-padrino de CONARTE habla flamante a la prensa y entre las varias barrabasadas dichas (de las que solo un neófito es capaz) parece satisfecho con montar una ópera al año, de esta forma el arte lírico está a salvo y nos podemos vanagloriar que Monterrey es una “ciudad operística”, si señor.

Pese al “rave review” del “crítico operístico oficial” de la ciudad de Monterrey, Alejandro Fernández, los que usamos el óido con mayor cuidado no hemos quedado completamente satisfechos. Es cierto (y justo) consignar que el público ha respondido con entusiasmo y en grandes cantidades, sin embargo comienzo a creer que buena parte del público regiomontano brindaría una ovación hasta a la misma Florence Foster Jenkins, no es que el resultado haya sido desastroso, lejos de ello, pero de ahí a creer que lo que escuchamos es el non plus ultra de cómo interpretar una Traviata es otra cosa. No falta –por supuesto- el chauvinismo acuñado por el colorido presidente de CONARTE (arriba mencionado) que se congratulaba de un reparto 95% regiomontano (o más). Pero, ¿Qué puede significar esto en una ciudad donde no existe una escuela de canto u operística relevante? Porque para momentos vergonzosos la última Traviata (100% regia) que se montó en Monterrey, cortesía de la UANL y cuyos intérpretes es preferible cubrirlos con el polvo del anonimato. Afortunadamente la función corrobora el buen momento de algunos de los solistas y una agradable prestación coral que corona el esfuerzo de varios años de parte del proyecto de Ópera de Nuevo León, que hoy en día es un pálido reflejo de sus intenciones originales.

Pero quisiera hablar de las cosas buenas que evitaron que esta Traviata se convirtiera en el arquetipo de la función operística provinciana.

En primer lugar puedo decir que el triunfador indiscutible de la noche fue Oziel Garza Ornelas, el barítono regiomontano está a otro nivel que el de sus colegas, ni más ni menos. Su voz lírica de belleza tersa, impecable manejo de dinámicas, amplia emisión y caracterización elegante y conmovedora redondearon a un Giorgio Germont humano. La voz de Oziel es lírica pero posee pasta suficiente para encuadrar a la perfección los requerimientos vocales de Giorgio que es quizá el barítono verdiano más lírico del repertorio.

El coro de la Ópera de Nuevo León fue otro de los triunfadores indiscutibles, no sólo en su compromiso escénico cumpliendo a la perfección las – a veces absurdas – indicaciones de Hernán Galindo, sino en su presentación vocal, homogénea, dicción precisa y belleza tímbrica. El trabajo de Antonio González como director de este ensamble fue ejemplar aunque hay que dar crédito al trabajo de dos años de Juan Carlos Alvarez de quien ya se olvidaron algunos.

Manuel Acosta fue un Alfredo lírico-ligero de gran elegancia, fraseo generalmente ejemplar (aria del II acto) únicamente con una tendencia ocasional a romper la línea vocal con algunos gestos veristas. Su instrumento, italiano en timbre, es el más bello de cualquier tenor regiomontano salvo el de David Lomelí. Es agradable escuchar a Acosta cantar un repertorio que le viene a la medida y no interpretando Nessun dorma de Puccini y otras arias para las que no tiene el tamaño de voz ni el fuelle necesario. En uno o dos momentos fue sobrepasado por la orquesta, pero esto fue culpa del director concertador quien no posee las tablas operísticas suficientes.

Julieta Alemán fue una Violeta que se arrojó con convicción al papel, lástima que sus medios vocales no sean para este rol (lamento no haber podido escuchar a Ivonne Garza, que cantó la primera función). La voz de Alemán es de tamaño medio y en un teatro tan terrible como el de la ciudad el esfuerzo es mayor. A veces el timbre perdía esa belleza que se puede apreciar en su centro. Un momento desafortunado fue la cabaletta “sempre libera” la cual fue interpretada con grandes dificultades, coloratura variable, desafinaciones y un registro alto tremolo. Para la segunda parte pudimos escuchar una clara mejoría y una proyección superior. En el acto final, su figura y convicción dramática me hizo disfrutar un terso “Parigi o cara” al lado de Acosta. Alemán gustó mucho a juzgar por la ovación que recibió pero no puedo dejar de pensar que alguien le está recomendando el repertorio equivocado y quizá su voz está comenzando a pagar el precio.

El resto del reparto cumplió, destacando las contribuciones de Raymundo Lobo - comprometido como siempre- y Patricia Santos quien por cierto no estaba realizando su debut como se anunció en la rueda de prensa (ya les dije, para barrabasadas las ruedas de prensa de CONARTE) a menos que nos refiramos al registro de mezzo. Ya había cantado una reina de la noche en La Flauta Mágica con el mismo proyecto operístico.

La dirección musical de Félix Carrasco fue eficiente sin revelar a fondo el pathos subyacente. A momentos sus tiempos cuadrados nos hacían pensar en el Verdi de ¾ chun-ta-ta, chun-ta-ta. Hay que destacar la coherencia estructural de la partitura pero en uno o dos momentos permitió que los cantantes se descuadraran. Tampoco ayudó la sospechosa afinación de los violines en el preludio (momento casi mariachesco). La orquesta suena aceptable pero no es la mejor de México.


La puesta en escena de Hernán Galindo, fue frívola a la usanza de este maestro; Escenas sobrecargadas de bailarines (Los matadores fueron todo menos viriles) anacronismos inexplicables (los criados del primer acto vestidos con pelucas dieciochescas en contraste con los escenarios decimonónicos), escenarios funcionales y decisiones de mal gusto como la “baja de corriente” en la conclusión del primer acto o la absurda escena final en donde Violeta ya muerta sigue cantando mientras el resto del reparto contempla un lecho vacío(hay quienes se preguntaron si Violeta murió o no).

El proyecto de Ópera de Nuevo León está llegando a un punto definitorio. El nepotismo ha incursionado en la estructura al igual que el proselitismo casi electorero. La elección del repertorio ha sido más que conservadora al igual que la dirección escénica. Parece como si el director musical se complaciera con las 5 o 6 óperas que conoce. Mientras Monterrey no abra los ojos hacia lo que está ocurriendo en el panorama operístico actual seguiremos teniendo un proyecto provinciano. Enhorabuena por una Traviata decente ¿Pero acaso esta debe ser nuestra única aspiración?