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domingo 29 de junio de 2008

Una Luisa Miller rutinaria en el Liceu de Barcelona : 25 de Junio de 2008


El crítico verdiano Abramo Basevi proclamó a “Luisa Miller” como una obra que anuncia el segundo estilo verdiano, donde progresivamente se abandonan las estructuras antiguas a favor de una “naturalidad” más realista. Es verdad, la obra a momentos nos acerca a trabajos como Rigoletto. Hay un cierto paralelismo entre el Miller y la Luisa del tercer acto y Rigoletto y Gilda. En contraste, la obra posee todavía algunos elementos donizettianos y belcantistas que Verdi trabajó con alguna personalidad propia pero que en mi opinión no acaban de cuajar dentro de un estilo que apunta a otras cosas. A pesar de esto “Luisa Miller” es uno de los trabajos más individuales del verdi temprano junto con “Macbeth”, “Nabucco” “I due foscari”y “Ernani”.

Luisa Miller posee también algunos elementos en su trama que el día de hoy no quedan tan bien erigidos dramáticamente y causan una cierta incomodidad. Tal es el caso de la incompetencia de Rodolfo para librarse con valentía del yugo de su padre; en un momento amenaza con dar muerte a su amada para que su padre ceda a sus intenciones. Prácticamente se nos presenta como un juniorcito celoso e inefectivo, al menos esta es la dimensión que desarrolló el tenor venezolano Aquiles Machado.

Desafortunadamente la presentación de Luisa Miller en el Liceu resultó en una de las veladas más frías de la temporada. Verdi y su drama apareció rara vez en el escenario.

La batuta de Maurizio Benini no fue culpable de la indiferente función. El maestro italiano tiene una idea muy clara del sonido verdiano y subrayó con acierto la elegancia belcantista de la partitura comenzando con una obertura de acentos elegantes y tempi vivaces. Líneas elegantes en “Tu puniscimi, Signore” y “Quando le sere al placido” metales contenidos, bien integrados en el plano sonoro hasta que en el final dramático se les permitió la libertad de escucharse con fuerza vengadora. La orquesta en general no estuvo a la altura con unas cuerdas deslustradas y cornos que han traicionado con consistencia toda la temporada. Pareciera que el repertorio italiano les es indiferente pues su compromiso es inferior a lo que se pudo apreciar en obras como Elektra, Walkure o Tannhauser.

La puesta en escena de Gilbert Deflo con escenografía de William Orlandi fue otro de los aciertos de la noche; ante nosotros se abrían escenarios de época en forma de medio círculo que nos transportaban a paisajes bucólicos y oscuros de la Alemania rural; colores claros para los vestuarios campestres y oscuros para la nobleza. El concepto está inspirado en la pintura de Gaspar David Friedrich. El trazo escénico convenció un poco menos debido a lo estático de algunos cuadros. Únicamente el final logró elevar las emociones.

Krassimira Stoyanova fue la triunfadora indiscutible de la noche, la diva búlgara posee una voz de gran agilidad y técnica sólida con un timbre individual aterciopelado. Su Luisa Miller fue lírico puro. Hay algo de morbidezza y de color oscuro delicado. Nos presentó a Luisa como un personaje vulnerable y conmovedor. Lástima que no despertara mayor pasión en el Rodolfo de Aquiles Machado. Basta recordar su aria con las intervenciones de Wurm al comienzo del segundo acto para darnos una idea de la variedad de emociones que puede lograr.

Giacomo Prestia trazó un Conde Walter atormentado y vacilante. Su voz de bajo cantante tiene un centro sólido y un timbre individual pero carente de la belleza de otros instrumentos. La voz, de buen tamaño, pierde algo de homogeneidad en el registro alto pero es un instrumento seguro.

El Miller de Roberto Frontali fue un hombre abatido. Su dueto con Stoyanova fue uno de esos escasos momentos en donde surgió un compromiso escénico más que rutinario durante la función. La voz de Frontali es oscura pero esencialmente lírica sin poseer la belleza de otros contemporáneos, podemos agradecer la solidez del instrumento y la elegancia de su línea vocal. No en vano es recordado como un excelente barítono belcantista. Su aria del primer acto mostró una línea de cuidada sutileza, la cabaletta “Ah! Fu giusto il mio sospetto” mostró un fiato impecable sin la intención de hacer un derroche de voz. No optó por ninguna conclusión espectacular.

El Rodolfo de Aquiles Machado fue casi un antihéroe, incapaz de actuar con determinación ante el poderío de su padre. No ayuda que el libreto lo muestre como un ingenuo de poca monta. Aún así se agradece la entrega de Machado en el último acto donde finalmente cortó a Rodolfo con una tijera trágica. No puedo dejar de pensar que su voz, lírica pura, es un punto más pequeña de lo que requiere el papel. Con Rodolfo estuvo al límite de sus posibilidades; su registro alto denota un vibrato que si bien no es insoportable todavía, traiciona el abordaje de un repertorio algo más pesado que lo que debería de estar cantando. Su registro medio posee buen tamaño pero el registro alto carece del slancio y la proyección de otras voces similares. En un par de ocasiones quedo prácticamente perdido en la orquesta. Destacó un sólido pero insípido “Quando le sere al placido”.

Samuel Ramey es uno de mis artistas preferidos desde 15 años atrás. Su voz mantiene ese volumen que en tamaño sobrepasó el de su colega Prestia. (a pesar que se notó un respeto por mantener una emisión similar a la de su colega). Es triste admitirlo y más escribirlo pero Ramey está en una etapa problemática de su carrera. Su vibrato es demasiado amplio y afecta completamente la línea vocal del artista. Su timbre, individual como siempre, ya no tiene la frescura de antaño. Es sintomático que un papel como Wurm, que 7 u 8 años atrás habría cantado con la mano en la cintura, ahora le reporte exigirse a fondo. Claro, dramáticamente cumple al dedillo su cometido pero vocalmente no es lo mismo.

Irina Mishura fue una Federica abrasiva y demasiado eslava para mi gusto. Su vibrato dramático contrastó con los requerimientos más líricos de la música de este personaje. Eché en falta una voz belcantista. A esto se le llama hacer agua con un personaje.

Fallas vocales y dramáticas no permitieron que esta Luisa Miller se alzara de un mero decoro. Lástima pues los elementos apuntaban a una noche memorable.

viernes 13 de junio de 2008

El lenguaje de las ensaimadas


No podía dejar de mirar la vitrina. Hacía un calor de los mil demonios y a pesar de que me derretía, con mis jugos propios mezclándose con los jugos de las baldosas pegajosas, no pude resistir esa visión. Era una vitrina como cualquier otra. La pastelería “L’alegre forner” se encontraba ubicada en el Carrer de Folgueroles, a donde mi curiosidad turística me había llevado en mis recorridos barceloneses.

Un breve recorrido por Sant Gervasi y una parada frustrada en los jardines de la Tamarita me llevó a refugiarme a ese local con aire acondicionado o por lo menos algún tipo de refrigeración o corriente de aire. Digo parada frustrada pues el follaje de la Tamarita – no precisamente exuberante- permitía el paso de los rayos del sol. Al mediodía eso era un crimen. Treinta y dos grados jocosos y chocarreros se asomaban en los termómetros de esa tarde seca. Dejé esos jardines fascinantes a la vez que decadentes, ensombrecidos por un pasado atormentado.

Miraba esa vitrina de la alegre pastelería. Algunas cocas apiladas del lado derecho reflejaban su dureza en el cristal. Unos buñuelos de cuaresma se amontonaban a la izquierda, no tenían una pinta muy fresca ¿Me pregunto de qué cuaresma habrán sido? Pero ahí al centro estaba lo que me tenía embelesado. Era un tipo de repostería o pan singular, simple pero evocador. Una especie de tira o cinta de pan enrollada en círculo, espolvoreada con azúcar glass. Tanteando las monedas que tenía en mi bolsillo decidí comprar una pieza. Con esa pinta mi horchata podía esperar. Una dependienta de ojos verdes fulgurantes pero semblante severo y voz oscura -nada relacionada con el nombre del establecimiento- se acercó con gesto de Palas Atenea en su versión marmórea más rígida.

“Què vol?”

“mmm… ¿Me podría dar un pan, de esos circulares, por favor?

Comenzó a introducir unos buñuelos en una bolsa.

“No, no, de esos circulares”

“¿Cuáles circulares? No tenemos de esos”

Una mujer rubicunda se acercó al escaparate “Em duc totes els ensaïmades”

La dependienta tomó una bolsa de mala gana y procedió a llenarla de panes circulares. No quedó ninguno. La matrona pagó jovialmente y se fue, comiendo por supuesto.

“Pero si yo le pedí de esos panes” dije en castellano voluble.

“Es duu els bunyols o no?” Se limitó a decir la tipa.

Mostrando dignidad intenté salir por la puerta de la panadería. Me tropecé con una silla y salí a gatas. Derrotado, concebí mi venganza.

Al día siguiente pasé la mañana en el Tibidabo, un lugar más fresco. Por la tarde regresé a “L’ alegre forner”. La dependienta del día anterior no estaba. Una mujer morena y diminuta me atendió viendo de reojo casi a ras de la vitrina.

Tomando mis anotaciones tácticas le dije “Bona tarda, una ensaïmada si us plau”

“Mira manito, no se que me estás diciendo. No hablo ni catalán ni francés. Espanich plis”

“Mph… Me puedes dar una ensaïmada?

“¿Y eso qué es? Vaya usted a saber”

“Es ese pan enrollado en círculos espolvoreado de azúcar glass” le instruí.
“¿Qué glass?

“Eso blanco es azúcar glass” dije indicando impacientemente con el dedo.

“Ándele ¿Qué le cuesta señalármelo? No todos llevamos viviendo mucho tiempo aquí… ¿Es usted mexicano? Suena como mexicano... Déjeme ir por las pinzas”

Voltee hacia la calle, llevándome las manos a las sienes. ¿Es que es tan difícil comprar una ensaïmada?

“Aquí está joven” me dijo la mini dependienta extendiéndome la bolsa. Consultó un listado de precios. “80 céntimos por favor”. Le di las monedas con cierta brusquedad, en el más puro estilo enfadado latinoamericano.

“Que tenga buen día” alcancé a escuchar al salir. Caminé dos cuadras hacia abajo y abrí la bolsa. ¡Finalmente probaría la dichosa ensaïmada! ¡Un Momento! ¿¡¡¡Qué era esto!!!? ¡¡Un alfajor o polvorón!! Con lo de las pinzas había perdido de vista la ensaïmada. Desencajado caminé calle arriba. Estaba acalorado, física y espiritualmente; lo que le diría a esa diminuta mujer. Al entrar en el establecimiento, una vez más, reparé en la ausencia de la pequeña dependienta ¿Dónde se abría metido? En su lugar estaba la mujer adusta del otro día. Atendía a un hombre güero, corpulento con bermudas, calcetas y zapatillas. Casi podía apostar que era estadounidense. El local rebosaba de conversación. Hombres y mujeres hacían una pausa de trabajo para disfrutar un café. Y es que en Barcelona el café es a los catalanes lo que el té es para los ingleses. Ambas costumbres se podrían perder en la noche de los tiempos si no fuera por el inconveniente que los productos llegaron de otras tierras en tiempos de conquista.

La conversación entre la encargada y el posible-gringo estaba en un nudo babélico.

“No li entenc, no parlo anglès” dijo la encargada.

“I just wanna one of those pancakes”

“No segueixi, no entenc, no e n t i e n d o”

“Just give me one of those god damn pancakes” dijo el hombre. Estaba más rojo que una ciruela de mercado. Manoteando señaló la única ensaïmada que quedaba. ¿Por qué el grueso de angloparlantes no puede hacer un esfuerzo de aprender otras lenguas? Esta reflexión y mi codicia irrefrenable por una ensaimada me accionaron a actuar – pasando por alto el descomunal volumen del sujeto.

“Ah, no, esa ensaïmada es mía”

“¡¿What?!” se volvió el hombre.

“Me ha dado el pan equivocado”, reté a la vendedora.

“No acceptem devolucions, no aceptamos devoluciones”

“¿What are you saying? ¿Can you translate?

Fuera de control, me abalancé sobre el mostrador, de un salto pasé al otro lado –ante la sorpresa de la dependienta- y abriendo la vidriera tomé la ensaimada con la mano, la dividí en tres, di una parte al gringo, otra a la dependienta (no sin antes darle un beso en la boca que la dejó sin habla) y me quedé la parte que era ligeramente más grande (el que parte y comparte se queda con la mayor parte). Atónitos, asustados, perplejos. Así quedaron los comensales, la vendedora y el hombretón angloparlante. Con una gracia digna de la edad de piedra, el gringo dio un mordisco a la ensaimada. La dependienta, una vez recuperada del beso, encogió los hombros e hizo lo propio con su pedazo. Finalmente me metí a la boca mi trofeo. Un suspiro de placer en tres idiomas y tres matices se escuchó a través del establecimiento. Esas ensaimadas si que se desintegran en la boca...

“Donne moi un café, sil vous plait” Se plantó un hombre delgado de nariz generosa en el mostrador. Nadie reparó en su presencia, no se si se retiró o se evaporó. Estábamos compartiendo un significado universal…

lunes 2 de junio de 2008

Die Walkure de Wagner en el Liceu de Barcelona : 28 de mayo de 2008


El pasado miércoles 28 de mayo tuve la oportunidad de asistir a la primera de dos funciones de Die Walkure de Wagner en el Liceu de Barcelona. Raras veces se podrá, en estos tiempos, presenciar un reparto de tal calidad y magnitud. Ciertamente en lo que respecta a los seis papeles primordiales de esta ópera difícilmente podrán ser igualados debido a la escasez de voces adecuadas para este repertorio.

La segunda jornada de la tetralogía del anillo de Wagner es la predilecta del público y es entendible por el drama humano que la envuelve, esto además del célebre motivo y cabalgata de las Valkirias que en esta versión careció de la fuerza guerrera y se convirtió en un número matronil de caballos cansados. Pero este es otro cuento.

El Liceu decidió programar únicamente dos funciones de Die Walkure en versión de concierto. Sin embargo la orquesta tocó en el foso y los cantantes, sin vestuario ni escenografía, actuaron en el escenario. Su compromiso fue tal que nos sumergimos en el drama de Wagner y ante nosotros se hizo la ópera. Lamento que el Liceu sea tan corto de miras pues pudo haber gastado en una pequeña producción virtual que respaldara a los artistas; el drama de Wagner ha sido ambientado de formas tan disparatadas en el pasado que el presenciar a los artistas con trajes de gala o formales, vestidos largos o pantalones nos hizo pensar en una propuesta minimalista del siglo XXI y es que la tetralogía también es un drama familiar.

Es increíble la energía escénica que tiene Placido Domingo a sus 67 años. No puedo hablar de el con las concesiones que se le pueden hacer a un artista en declive. Seamos honestos, Domingo es un milagro vocal, se ha dicho esto muchas veces y yo no tengo inconveniente en reescribirlo. Su Siegmund es de antología por la belleza vocal, el timbre mediterráneo chocolate claro mantiene ese centro firme. Su fraseo ejemplar solo ocasionalmente denota el paso de los años en alguna nota inestable o mal soportada, esto último son peccata minuta. Domingo no tiene el timbre y temperamento germánico pero el Siegmund, probablemente no se ha escuchado con tal plenitud vocal desde que lo hiciera James King. La voz de Domingo tiene esa emisión amplia y buen tamaño, no tuvo problemas con la exigua tesitura alta del héroe wagneriano. Su wintersturme fue un momento congelado en el tiempo por la belleza de su línea.

Waltraud Meier es una gran dama de la ópera, la mezzosoprano alemana creó una Sieglinde vulnerable y subyugada. Su interpretación vocal fue ejemplar desde la incertidumbre inicial del personaje hasta su final, casi heroico, finalmente resuelta a proteger a su hijo. Su presencia escénica es de gran porte. La voz mantiene una firmeza en sus tres registros, quizá con algún agudo apurado al principio de la velada. Emisión amplia, sonido cálido y terso. Su fraseo y conocimiento del lenguaje wagneriano es otra de las virtudes de esta verdadera diva de nuestros tiempos.

En el papel de Brunnhilde me encontré por primera vez con la soprano alemana Evelyn Herlitzius. Su voz es la de una soprano lírico spinto de agudos vibrantes y timbre individual. La caracterización del personaje fue simplemente fenomenal. Su Brunhilde poseyó esa inestabilidad juvenil y volubilidad que la llevan a desobedecer a su padre. Fiera en sus confrontaciones a Wotan y conmovedora en al escena donde anuncia la muerte de Siegmund. Brunnhilde es una valkiria que pasa de la adolescencia a la madurez a lo largo del drama. Finalmente se libera del yugo castrante de su padre. Herlitzius merece ser escuchada en este rol. Se podría echar en falta una voz que carece de la suntuosidad de las intérpretes históricas más memorables pero esto se compensa con un compromiso dramático y musical sobresaliente.

Alan Held por figura y compenetración dramática hizo un Wotan memorable, bellamente fraseado, a momentos casi camerístico. El bajo-barítono estadounidense tiene un instrumento de mediano tamaño, limpio y dúctil. Su sonido es ligeramente opaco y carece del brillo de otros artistas pero se agradece la sabiduría dramática que imprimió a Wotan. El Dios nórdico en su interpretación fue un hombre torturado por sus errores, carente de tomar las riendas de su destino.

La Fricka de la mezzo Jane Henschel es para la historia. Su voz dramática, generosa en tamaño, vibrante y afilada aunada a una presencia escénica firme contribuyó a redondear a un personaje ultrajado y retador. Henschel prácticamente se mantuvo estática en el escenario, pero el gesto soberbio y altivez nos hicieron temerle. Una de esas esposas con las que hay que tener cuidado.

Rene Pape no sólo encarnó un Hunding de antología, es el Hunding de nuestros tiempos, de ese calibre estoy hablando. Su fraseo y dicción amenazante, timbre terso, voz grande, apabullante y una presencia escénica orgullosa contribuyeron a hacer un Hunding más humano que lo usual, un peligroso rival de Siegfried (con o sin la ayuda de Wotan). Podemos hablar también de una dicción ejemplar y un fraseo y estilo impecable. Hay bajo cantante alemán para rato.

Con las valkirias, el nivel artístico de la noche decayó sensiblemente. De entrada el grupo no se escuchó homogéneo a pesar de contar con voces como las de Jane Dutton, Eugenia María Bethencourt o incluso Michelle Marie Cook que remplazó de último momento a María Rodríguez en el rol de Gerhilde. Escénicamente no aportaron mucho y no puedo dejar de verlas como un grupo de matronas más que como las valkirias guerreras. No ayudó en nada que todas salieran con partitura en mano, esto restó mucho profesionalismo a la función. Quiero pensar que esto último fue un gesto de nobleza para con Michelle Marie Cook quien entró en el proyecto de último momento y presumiblemente no pudo aprender el papel. La desganada escena de las valkirias nos lleva a la orquesta y a la dirección.

Francamente la orquesta mostró una desigualdad ya característica de su trabajo a lo largo de la temporada; al lado de noches de gran nivel hay otras menos cuidadas e inspiradas y esta fue una de ellas. De entrada el trabajo de las trompas (cornos) fue terrible desde el preludio inicial y se continuó en la cabalgata de las valkirias con desafinaciones que rompieron el hechizo de este momento. Las cuerdas se escucharon deslustradas y los metales carecieron de esa redondez wagneriana que se puede escuchar en otros ensambles. La dirección de Sebastian Weigle, que se despide del Liceu como director titular con las Valkirias, siguió cuidadosamente a los artistas y trazó bellos momentos como el adiós de Wotan el cual poseyó un pulso cuidadoso que lo llevó a un majestuoso clímax culminante. El oído clínico de Weigle es excepcional, su Wagner se inscribe más en esta línea contemporánea que en el romanticismo pletórico de la vieja guardia alemana. A estos momentos hay que contraponer una cabalgata de caballos desgastados que se convirtió en el momento más flojo de la noche.

Al finalizar la larga velada las ovaciones no se dejaron esperar. Contabilicé más de 4 minutos de aplauso y cuando me retiré todavía había un grupo numeroso que seguía aplaudiendo. Hay que decir que no todo el mundo soporta 4 horas de Wagner; el teatro que estaba a rebosar al comienzo había perdido un cuarto de su aforo para cuando Placido Domingo terminó su función. Hay que reconocerlo, Placido tiene su nutrido grupo de admiradores-claque que lo escucharían hasta en una ópera de Ligeti.