sábado 22 de marzo de 2008

Tannhauser de Wagner en el Liceu: 19 de Marzo de 2008



Aplausos entusiastas, abucheos entusiastas, ese fue el saldo de la más reciente puesta en escena de Tannhauser de Wagner en el Liceu de Barcelona. Desde 1992 (¡Con Rene Kollo!) no se escuchaba esta obra.

Ayer, 19 de marzo de 2008, con el estreno de Tannhauser de Wagner en el Liceu, llegué a las siguientes conclusiones:

1) Toda casa de ópera que se considere de primer nivel debe tener en su repertorio a Tannhauser, al menos como prueba de fuego.

2) Es tiempo de que Wagner sea interpretado como un compositor de tradición y no como un iconoclasta (ya abundaré en este punto)

3) ¡Qué papel tan complejo es Tannhauser! Es un Otello sin el instinto asesino.

4) En la suma de sus partes Tannhauser bien podría ser la obra más bella de Wagner. (Lohengrin, Maestros Cantores o Parsifal, compiten también)

5) ¡Qué difícil es montar Tannhauser! (lo que nos lleva al punto #1)

El balance final de la puesta en escena fue desigual. Si bien, el trabajo de ensamble no fue menos que entregado, algunas flaquezas en el campo vocal, orquesta, dirección y producción fueron lo suficientemente notables como para sonar las campanas en exultación.

Vayamos a la producción; Robert Carsen demostró que es posible concebir un Tannhauser minimalista efectivo. La trama es traída al siglo XXI y sigue explorando la pregunta fundamental de la ópera: El quehacer del artista y su lucha interna. Carsen ha decidido convertir a Tannhauser y sus compañeros caballeros en un grupo de pintores, el Landgrave es el director general de una glamorosa galería de arte, Venus es una modelo y Elisabeth una distinguida mujer de sociedad. La propuesta funciona de alguna u otra forma pero –un gran pero- la música de Wagner apunta hacia otros contextos (aquí es donde falla la concepción de Carsen), reflexiona en lo siguiente; ¿La escena pastoral de los peregrinos, con todo y solo rústico de oboe, evoca el siglo XXI? ¿La famosa marcha de los huéspedes nos remonta a la entrada del jet set a una galería del Siglo XXI? ¿Acaso la música de Wagner se escucha en harmonía con un vestido largo Prada o un traje Armani? A todo esto yo respondo con un no. Carsen, en su concepción, ha olvidado un detalle fundamental de la obra; escucharla a detalle. En el caso de Tannhauser la música es demasiado pictórica para apartarla de ciertos contextos. Se puede actualizar pero no en un entorno tan obvio como una galería de arte. Aunado a esto, hay algo abiertamente religioso en Tannhauser que se le ha escapado a Carsen.

El famoso concurso de cantores en el Wartburg se convierte, en la propuesta de Carsen, en un concurso de pintura, dicha escena fue manejada con gran efectividad y fluidez. Aspectos sobresalientes de la puesta en escena de Carsen son el uso de la sala del Liceu como una extensión de la escenografía. De esta forma, la entrada de los artistas-pintores se daba a través de la primera fila de asientos del teatro y continuaba alrededor del foso. Petra Maria Schnitzer cantó su “Dich teure Halle” frente a la orquesta ante el deleite (y sorpresa) del público cercano.

Con lo anterior queda claro que no tengo una aversión por propuestas vanguardistas, simplemente creo que en ocasiones se pierden otros matices o dimensiones (como es el caso de esta producción) ante ciertas fijaciones de los directores de escena actuales.

Los aspectos más novedosos de la producción junto con la escenificación de la obertura, incluyendo a una bellísima Beatrice Uria-Monzon desnuda (modelando a Tannhauser, pintor) y a una escena de bacanal donde diversos alter-egos de Tannhauser se desvestían hasta quedar en trusas, estimulándose en el suelo, con pintura roja de diversos lienzos que les sostenían otros alter egos vestidos, resultaron en uno de los abucheos más apabullantes que he escuchado cuando Carsen salió a recibir sus aplausos. Me pareció injustificada tal demostración pero ¡Vaya que es vistoso! Así es la ópera finalmente.

La Orquesta del Gran Teatro del Liceu interpretó un Wagner clínico, carente de pasión, bajo la batuta de Sebastian Weigle. Precisamente en esto estriba mi comentario del punto 2, Weigle parece empeñado, a la usanza de un Boulez, en demostrar cuan contemporáneo es Wagner a costa de la potencia expresiva inherente de esta música. Las cuerdas se escucharon deslustradas, los metales contenidos a pesar del pulso firme de Weigle. Al público pareció gustarle este Wagner insípido a juzgar por los aplausos que recibió el director pero las carencias de la orquesta salieron a relucir durante la noche incluyendo las lamentables entradas en falso de las trompetas en la marcha. A medida que avanzaba la función, la orquesta parecía mejorar, incluyendo un memorable final del segundo acto.

El coro del Liceu fue otro de los elementos irregulares de la función. A momentos mostró una vocalización defectuosa y un trabajo de ensamble descuidado como en el coro inicial de los peregrinos (donde las diversas partes vocales desafinaban y parecían cantar en semitonos). El resto fue decoroso, sin más.

Peter Seiffert, como Tannhauser, cargó con el peso de la obra. El “heldentenor” alemán cantó un Tannhauser, entregado e impecable musicalmente hablando y a momentos mostró ese bello timbre que lo convirtió en el más importante tenor wagneriano de su generación al lado de Ben Heppner y Gosta Winbergh. Desafortunadamente la voz de Seiffert, la cual he admirado por varios años, ahora muestra un vibrato un poco más laxo de lo deseable que a veces empaña algunas notas sostenidas del registro medio y alto. A pesar de ello no hay en la actualidad (salvo Hepner o Johan Botha) otro tenor que tenga las tablas y la voz para hacerle honor a tan difícil papel. Recibió una estruendosa ovación. Me pareció merecida. Fue sobresaliente su tercer acto en donde a momentos se podía escuchar la firmeza de emisión y ese precioso timbre. Un Tannhauser en la tradición de un Windgassen sin duda.

Petra Maria Schnitzer fue una Elisabeth lírico-spinto de conmovedora presencia escénica (hasta que al final se quita la ropa y se convierte en una modelo más, perdiendo su elegancia anterior). Su emisión fue firme y redonda mostrando un instrumento expresivo en sus tres registros. La voz me parece un poco genérica pero es usada con inteligencia y eso se agradece.

Beatrice Uria-Monzon cubrió físicamente al dedillo el papel de Venus, lástima que ahora los directores de escena-todo poderosos-influyan tanto en la decisión del reparto. Uria-Monzon es una mujer bellísima y su desnudo, cuidado y sensual, podría ser, en el futuro, considerado un clásico en la interpretación de este papel. Su voz de mezzo lírico-spinto, oscura pero carente del metal necesario no fue suficiente en su expresión, dicción y fraseo. Sus agudos son romos y la voz de mediano tamaño. Con mayor experiencia sacará mejor partido de dicho papel.

Bo Skovhus estuvo inmenso como Wolfram. ¡Qué presencia y qué canto! Una lección de verdad con esa voz meliflua de gran belleza, excelente emisión y medianas proporciones. Poseedor de una verdadera messavoce y de nobles matices. Su personalidad, más sobria, contrastó adecuadamente con la de Seiffert.

Una grata sorpresa fue el Landgrave de Gunther Groissbock, este es un bajo que hay que recordar y tener en cuenta para el futuro. Bajo cantante de voz pastosa y vibrato rápido. Su registro es sobresaliente y sonoro (haciendo justicia a la dificultad de este rol). Podría ser más cuidadoso con el fraseo pero incluso esto no debe causar mayor aflicción.

El resto del reparto cumplió en gran medida gracias a las prestaciones de Johann Tilli como Reinmar, Francisco Vas como Heinrich der Schreiber y sobretodo Lauri Vasar como Biterlof. El valenciano Vicente Ombuena mostró temperamento como Walther y cantó su solo con cierta belleza, lástima que su pronunciación mediterránea del alemán demeritó su presentación.

Tannhauser regresó vacilantemente al Liceu. Queda, a pesar de todo, la satisfacción de haber montado una ópera histórica de gran complejidad vocal en una época donde no precisamente contamos con voces fulgurantes.

martes 11 de marzo de 2008

Juno de Jason Reitman; una reflexión a la oportunidad de vivir




Finalmente tuve la oportunidad de ver Juno, el filme del talentoso Jason Reitman. Me parece una película fantástica. Por una vez, el cuestionamiento del que parte no es la heroica mujer que frente a la adversidad del perverso mundo machista impone su voluntad para abortar. No, Juno explora otras vertientes del tema aborto-embarazo, principalmente la poco convencional historia de la adolescente que decide no abortar. Al contrario de otros filmes donde nos presentan a la mujer que tiene la elección de decidir sobre la vida de otros seres – reduciendo al propio feto o productito en- finalmente en un productito o parásito del cuerpo, Juno vuelve a retomar el debate del derecho a la vida. A la protagonista le basta una mirada al tipo de personas que trabajan en una clínica de abortos y a sus clientes para huir despavorida. Lo interesante es que la postura de Juno no es demagógica, ella no está asumiendo una postura que la sociedad o el gobierno o el otro exigen, ella toma la decisión en base a su capacidad de reflexión. Juno es maravillosamente aguda y poco convencional, también es desvergonzadamente sarcástica, esto último la hace irresistible. Ellen Page está simplemente genial en su rol dotando a Juno de una perspicacia que en ocasiones está por encima de los adultos. También Juno posee un lado cándido, esperado de una joven que todavía tiene muchas experiencias que vivir. Su amigo íntimo, interpretado por Michael Cera es ejemplo de una nueva generación de adolescentes, un poco abstraídos pero quizá un poco más conscientes que las generaciones anteriores. Su ingenuidad y carencia de acción son provocadas por acontecimientos para los cuales no tiene la capacidad de resolución en ese momento de su vida.

No puedo negar que este vistazo a Juno me es provocado por el momento que actualmente estoy viviendo. El nacimiento de mi primer hijo, Juan Pablo, en un parto difícil que terminó en cesárea. No hay mayor felicidad que poder ver a un hijo durmiendo plácidamente en su cuna y una esposa que se ha recuperado con gran entereza de su cirugía. Y es que Ximena y Juan Pablo son mi inspiración para encontrarme en este momento escribiendo sobre el tema. Podría arremeter agresivamente contra el aborto, francamente es en mi opinión una justificación de irresponsabilidad, disfrazada a momentos de feminismo. Cómo si la mujer o el hombre tuvieran el derecho de decidir por algo que no es suyo. El aborto es la justificación de homicidio de una generación culturalmente decadente en donde los actos se acontecen a diestra y siniestra sin la capacidad de responsabilidad; Las efervescencias sexuales indiscriminadas con un intento de solución patético meramente mecánico no cognitivo.

¿Para qué seguir en este tenor cuando se tiene el privilegio de ser padre? Lo cierto es que Juno me ha removido esas cosas que se remueven cuando se viven momentos de felicidad genuina como el disfrutar a un hijo. Una felicidad que no está determinada por una postura política sino por la relación natural que surge entre padres e hijos. Para los abortistas, esperaría que le dieran un vistazo a Juno, aunque dudo si podrá ser entendida a fondo. Pensando un poco en Chesterton, no hay diferencia entre matar a un feto que a un hijo de 5 o 6 años ¿Por qué no legalizar ambas si queremos ser más justos en nuestra peculiar justicia humana?

domingo 2 de marzo de 2008

Elektra en el Liceu de Barcelona: Domingo 17 de Febrero de 2008



Richard Strauss ha sido, en mi experiencia musical, un compositor que con algunas excepciones, me ha sido indiferente. En gran medida esta indiferencia surge de mi contacto con sus óperas, vehículos demasiado inflados orquestalmente y repletos de personajes fríos y sofisticados que no me conmueven, como el caso del Caballero de la Rosa. A veces la calidez genuina de una Ariadna en Naxos me hace sonreír pero la expresividad pesada y decadente de algunos otros trabajos me causan aversión. Esto me ocurre en menor medida con obras como Salome que es un verdadero drama psicológico y que, tristemente, me hacen soñar con lo que Strauss pudo haber sido y no fue.

Mi reciente aproximación a Elektra me motiva a considerar esta obra al lado de Salome (Y quizá la Ariadna) como sus óperas más conseguidas a mi juicio. Las tres mantienen una estructura mucho más compacta que sus otros monstruos aburridos. El lirismo, conjuntado con lenguajes armónicos extremos y un canto requerido de gran fuelle y expresividad son ejemplo de lo mejor que era capaz este genio de transición.

La presentación de Elektra en el Liceu ha sido, sin duda, uno de los momentos cúmbre de la temporada al lado de la Cenerentola de Rossini. La obra ha sido preparada cuidadosamente por Sebastián Weigle y esto se ejemplificó por la calidad interpretativa del ensamble, el cual trascendió más allá de su nivel usual. Sin espavientos excéntricos demasiado personales, Weigle permitió que la orquestación expresiva y rica de Strauss se transfigurara vitalmente en nuestros oídos.

Pudimos percibir en los rasgos de esta partitura la novedad que causó en su momento y todavía capaz de sorprender. No por nada fue considerada un trabajo vanguardista, al que le deben la vida innumerables óperas del siglo XX. Elektra, con su cromatismo expresionista y la tonalidad llevada al borde del colapso es una obra compacta de sorprendente actualidad en su universo dramático.

La puesta en escena de Guy Joosten con escenarios de Patrick Kinmonth nos transportó a un estado totalitario y decadente ubicado en el siglo XX (paraíso de las dictaduras y de los clown – dictadores). El escenario principal, un palacio/bunker frío e inhóspito, carcomido por las reglas nos presentaba a una sociedad feminista que no era mucho mejor que la machista en otros momentos de la historia. En su interior, sus ocupantes viven abstraídos del mundo. Ahí es donde encontramos a Elektra, demasiado ensimismada para tomar acción, aplastada efectivamente por la muerte a traición de su padre. Un padre idealizado en su inconsciente y que la lleva a contemplar la venganza, nunca capaz de llevarla cabo, solo a través de su hermano Orestes. Crisóstemis, su hermana, por el contrario es una figura – en papel – demasiado femenina y frágil para tomar acción. Digo en papel pues Ann Marie Backlund que interpretó este papel no era mucho más agraciada en físico que la Elektra de Deborah Polaski, pero a la ópera se va a escuchar música principalmente y el trabajo dramático de ambas fue impecable así como el de Eva Marton, Albert Dohmen y Graham Clark.

Ya me he referido a la Orquesta del Teatro del Liceu que bajo la batuta de su titular Sebastián Weigle dio una de las interpretaciones más brillantes y coherentes de las últimas puestas en escena. El trabajo vocal estuvo a su altura, no hubo ningún elemento flojo en todo el reparto.

Deborah Polaski, soprano estadounidense, realizó una Elektra abstraída y desequilibrada. Fue una brillante interpretación donde lució su voz lírico-spinto (no dramático) de timbre poco individual pero buena y firme emisión. Sus colores dramáticos fueron bien conseguidos sin modificar la línea vocal y si en un par de momentos pasó algún apuro para que su agudo sobrepasara con creces la masa orquestal su voz salía avante sobretodo por la inteligencia que le ha dado toda una vida de experiencia cantando este papel. Probablemente desde Nilsson no ha habido alguien que tenga concebido el papel de forma más efectiva que Polaski.

Ann-Marie Backlund tuvo una buena noche como Crisóstemis sin hacernos olvidar por supuesto a otras grandes que han interpretado este rol (Leonie Rysanek se viene en primer lugar a la memoria). Su soprano lírico lució en el bello monólogo y si el timbre, en general no es más distinto que el de Polaski, de igual forma se agradece la firmeza y musicalidad.

Eva Marton lució una voz desgastada en el papel de Klytamnestra. La diva húngara ciertamente está en la etapa de declive. Aún así su voz en tamaño no era mucho menor que la de Polaski y su confrontación se enriqueció por las tablas de ambas. La presencia escénica de Marton sigue siendo digna y comanda respeto. El registro agudo es lo más inestable de su voz pero todavía se defiende en el medio.

Albert Dohmen fue un Orestes ejemplar. El bajo-barítono alemán es uno de los mejores exponentes del repertorio alemán en su cuerda y se notó porqué. Su voz oscura y pastosa tiene una excelente proyección y su figura en el escenario, sobria y llena de autoridad contribuyó a redondear un papel más substancioso de lo que se puede pensar por su corta intervención. Para mí el momento cumbre del drama no fue la escena de Elektra y Klytamnetra sino Elektra-Orestes. La tonalidad fulgurante y gloriosa de la música y el reconocimiento de ambos hermanos es el punto efectivo donde se desencadenan los acontecimientos: Yo Elektra infundo el verbo en ti Orest.

El resto del reparto cumplió con creces comenzando con el decadente Egisto de Graham Clark, no se requiere más que esa voz de tenor lírico-comprimario y el compromiso escénico del que Clark es capaz. El resto del reparto fue sólido incluyendo un buen preceptor de Orestes en la voz de Knut Skram y la bella Claudia Schneider como la confidente.

Mientras tengamos regimenes izquierdistas o derechistas extremos en el mundo, mientras caigamos en el ridículo del machismo y del feminismo, Elektra no perderá su vigencia como drama. Musicalmente siempre estará vigente.