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lunes 21 de enero de 2008

Tchaikovsky y Nielsen con la Simfonica del Valles / Sábado 19 de Enero en el Palau


En el entorno mágico, art nouveau, del Palau de la Música Catalana, he asistido a un concierto mas de la Orquesta Simfonica del Valles, orquesta residente del Palau desde que la Simfonica Nacional de Catalunya se reubicó en L’Auditori. La Orquesta Smfónica del Valles (nombrada así por la comarca catalana del mismo nombre) es un excelente ensamble de los de segunda línea. Ya quisiéramos en Monterrey, México, que esta orquesta fuera la nuestra (Allá preferimos justificar la permanencia de un director que lleva muchos años despóticos al frente del ensamble, por otras razones que las musicales). Está conformada en su mayor parte por músicos catalanes y a diferencia de nuestras orquestas mexicanas (pienso sobretodo en la OSUANL) no está cimentado su constitución en músicos venidos de Europa del este. Aquí si hay un genuino intento por darle un lugar a los talentos locales.

El programa fue una extraña combinación; una primera parte dedicada a lo más banal de Tchaikovsky y una extraordinaria segunda parte dedicada a Nielsen.

La Obertura Romeo y Julieta de Tchaikovsky es una de esas obras inevitables, omnipresentes que apelan al gusto relativamente fácil del público amante de los lollipops de la música clásica. La obra abrió el programa y por una vez mantuvo mi interés de principio a fin. La lectura del joven director Pablo González fue emotiva y apasionada. El inicio tuvo ese arcaísmo delicioso que da paso, desafortunadamente, al melodrama fácil y al archiconocido tema-convertido en kitch- que a veces se desvanece en un genuino pathos. Pero Tchaikovsky, a la vuelta de la esquina, vuelve a abusar de algún gesto prosaico como la rimbombante conclusión que lleva al aplauso. La orquesta aquí estuvo acertada, sobretodo los metales pero se hecha de menos un poco de más lustre en las cuerdas. La lectura de González fue ejemplar y bien proporcionada.

El concierto para piano #1 de Tchaikovsky es un clásico del repertorio que en manos poco experimentadas puede parecer episódico y tendiente al énfasis. Así es como se escuchó en manos del joven pianista servio Mladen Colic. Fue aparente su falta de experiencia con la pieza, a momentos había una frase, algún pasaje que mostraban temple y prometían más para acabar en algunas notas en falso, algunos cambios de tiempo abruptos y poco naturales y una sensación de sobreesfuerzo. Sin lugar a duda Colic tiene madera suficiente pero no se si tendrá la madurez intelectual para poner estas cualidades en buen uso. Su compenetración con González fue difícil y la orquesta tampoco sonó fácil en su relación. Es un concierto que no gana nada con artistas de segunda línea. El inicio sonó desarticulado en sus acordes iniciales. El movimiento lento poseyó la poesía necesaria pero el final careció de ímpetu y sonó más calculado que espectacular. Por supuesto que la música provocó el aplauso al final y hubo entusiastas que aplaudieron al joven pianista. Lo que siguió fue algo inusitado para mi, en mi experiencia asistiendo a conciertos; Colic se negó a tocar un ancore a pesar que fue llamado hasta tres veces a recibir aplauso, yo no sé qué se estile en Serbia pero en mi ciudad, por menos se regala algo más. Hubiera sido interesante ver de lo que es capaz Colic solo, pero nada. Colic tiene 25 años de edad, creo que un pianista a esa edad no puede adolecer de cansancio después de tocar un concierto, más bien debería de ser irrefrenable el deseo de seguir tocando. Lástima.

La segunda parte del programa fue ocupada por la Sinfonía #2 de Carl Nielsen, titulada “Los cuatro temperamentos” inspirada en un cuadro que Nielsen vio durante su estancia en un hostal. Cada movimiento de la obra representa uno de los cuatro estados de ánimo del ser humano. La lectura de González fue ejemplar y mostró que es un director que tiene grandes cosas por delante. Fue una interpretación vigorosa y bien cuidada, caracterizada por una sobresaliente interpretación de las maderas, los metales y timbales. En ocasiones la sonoridad de los alientos opacó algunas de las texturas de las cuerdas pero en general el oído de González es fino y reveló la escritura tan deliciosa y sorpresiva de Nielsen. El Allegro collerico estuvo cargado de energía de principio a fin. El allegro comodo fue digno de un caballero inglés (flemático) y el andante malinconico demostró una profundidad expresiva que se desvaneció con el final allegro sanguineo lleno de vida y buen humor. La obra causó una gran respuesta del público, merecidamente. Se entiende en Europa algo fundamental que no entendemos en México; que Nielsen es uno de los grandes sinfonistas del siglo XX. (En Monterrey se le ignora irremediablemente). Es mérito de Pablo González el que la Simfonica del Valles haya respondido con un entusiasmo que raras veces se escucha en orquestas jóvenes, llamadas de segunda línea.

viernes 18 de enero de 2008

El triunfo de Amneris: Aida de Verdi en el Liceu de Barcelona: 12 de Enero de 2008



¿Aida? ¿Por qué Aida? Una vez más… Aida. Son las preguntas que me asaltan al asistir a una función de esta ópera, y no es que la haya visto muchas veces, quizá es una obra que he evitado como la peste… bueno quizá lo anterior se acopla mejor a la Traviata. El hecho es que estaba mentalizado para proclamar a Aida la ópera más desgastada del repertorio verdiano (olvidándome de la Traviata) había estructurado en mi pensamiento una introducción para hablar de cómo algunas óperas del repertorio quizá necesitarían una dosis del sueño de los justos; enlatarse unos años para retornar después o para no retornar. ¿Cuál es mi problema con Aida? Se preguntaran algunos de los lectores. Me parece bastante caduca en su historia, vamos, ni siquiera está basada levemente en algún hecho histórico. Su puesta en escena está íntimamente ligada a producciones que tienen todo en espectáculo vulgar pero nada en esencia artística operística. Aida tampoco puede salir de su contexto egipcio sin caer en el ridículo. Finalmente siempre he creído que si Aida es omnipresente del repertorio y podemos aguantar 4 horas (incluyendo intermedios) dentro de la casa de ópera, no hay razón para que otras óperas de género similar como “Los Hugonotes”, “Roberto el diablo”, “La Muda de Portici”, “Benvenuto Cellini” y “La Judía”, entre otras, se mantengan en el repertorio. Cada una de las anteriores son obras excepcionales en si mismas y pecan de dilatadas al igual que Aida (y he dejado a Wagner fuera de la ecuación).

Pero algo sucede cuando finalmente uno se aproxima a Aida. La obra mantiene su magnetismo, su espectacularidad (oh, si le permitiéramos una oportunidad a Meyerbeer), pero sobretodo su pasión que estruja al corazón. No importa si el tenor es chaparro, casi un palo de escoba en el escenario (la antítesis de heroico) y regordete, no importa si la mezzosoprano tiene varios kilos de más, no importa que Aida sea menos sensual que otras compañeras esclavas y no importa que el faraón parezca el esposo de Amneris y no su padre. La ópera es por esencia absurda; pero el conjuro de la música, el canto y lo visual crean un arte naturalmente artificial que revuelve el espíritu incluso de los más reacios e infieles. Si, como en el caso de Aida, tenemos una partitura emocionante y apasionada con sus dosis de vulgaridad y ensoñación entonces estamos ante una ópera eterna. El Liceu a reventar el 12 de Enero de 2008 muestra que la obra no ha perdido ni un ápice con el público. La obra me capturó y tendré que dejar para otra ocasión (quizá para la Traviata) mis arrebatos amargos.

La producción de José Antonio Gutierrez está basada en los bocetos que creó el legendario Joseph Mestres Cabanes y que datan de 1937(restaurados por Jordi Castells). Las realizaciones muestran un Egipto romantizado y poético pero fiel al detalle. (Esto lo aparta del kitch). El resultado es una producción de riqueza pictórica y de cuadros funcionales, probablemente de un coste más bajo que los mastodontes usuales. La dirección de José Antonio Gutierrez me pareció terriblemente predecible, incluyendo los momentos operísticos más embarazosos; un Radames inmóvil y poco inspirador, y un reparto generalmente acartonado. (Incluyendo una especie de ninja ridículo). Me daría vergüenza firmar tal cosa.

Sin embargo, Aida puede sobrevivir con una prestación vocal sólida y eso es lo que se escuchó esta noche.

La Aida de la soprano italiana Norma Fantini pasó de lo discreto a lo servicial para culminar en un genuino y conmovedor dueto final. Su voz es la de una lírico empujada con una emisión buena pero su registro medio carece de un color distintivo y sus agudos pueden ser poco finos. Tiene una capacidad natural de conmover pero los dos primeros actos careció de una idea definida del personaje.

El tenor italiano Marco Berti hizo un Radames estentóreo. Su voz tiene el peso spinto requerido pero no la sutileza y en este aspecto quedó a deber. Su Radames fue unidimensional y prácticamente implausible. Era como ver a Dom de Luise a cargo de un ejército pero sin la sobriedad. Sus agudos estuvieron calados (como en “Celeste Aida”) o precisos (como en la escena de su detención). Un tenor Jekyll and Mister Hyde.

Dolora Zajick fue una de las triunfadoras de la noche. Mezzo verdiana de cepa. Inmensa. Su voz es un torrente de fuerza, vibrante, expresiva. Sus agudos son afiladas cuchillas que hacen estremecer. Mostró que se puede ser dramáticamente plausible aún y con un físico substancioso. Zajick es una avis rara en una época en donde fuelle y verdadera emoción raramente se encuentran.

Joan Pons, muy querido en Barcelona, fue un Amonasro que desplegó ese bello timbre medio aterciopelado y de buen tamaño. Su registro alto traiciona un vibrato ligeramente intrusivo pero la belleza del timbre permanece. Todo profesional y convincente como el rey Etiope. Sólido pero no temible.

El bajo italiano Carlo Colmbara realizó un Ramfis excelso e imponente. Su voz es oscura y de extraordinario fuelle, es uno de los mejores bajos de la actualidad y quizá el secreto operístico mejor guardado de Italia. Ahora reside en Barcelona y se le quiere con justicia.

Giorgio Giuseppini, barítono, hizo un faraón presentable y firme en lo vocal y de una presencia ligeramente juvenil, parecía el hermano menor de Amneris pero al menos se comportó con dignidad.

Joseph Fadó y Begoña Alberdi cumplieron decentemente en los comprimarios menores, sobretodo la segunda.

El coro del Gran Teatro del Liceo me pareció en mejor estado que en la reciente Cenerentola. Mostró un buen sonido masivo y una homogeneidad que extrañé anteriormente. La escena triunfal pareció una kermés triunfal y eso está bien.

La dirección musical de Daniele Callegari poseyó las dosis necesarias de vulgaridad que requiere Verdi pero a la vez nos regaló una lectura que no careció de momentos poéticos en la escena del Nilo. La orquesta, sin embargo, se escuchó a veces deslustrada aunque en esta ocasión hay que destacar el trabajo de los metales.

Me satisface haber presenciado una Aida que en su mayoría contó con un reparto italiano y con dos artistas que están en lo más alto de su arte: Dolora Zajick, veterana consagrada y Carlo Colombara, bajo para el futuro.

Habrá que retornar a Aida… me confieso derrotado…

martes 8 de enero de 2008

Di Donato y Florez triunfan en el Liceu : La Cenerentola de Rossini en Barcelona , 5 de enero de 2008



Regresó la Cenerentola de Rossini al Liceu de Barcelona después de más de 15 años de ausencia (¡cómo puede ser si es una obra maestra deliciosa!). El reparto estuvo encabezado por dos estrellas; el gran tenor lírico-ligero de nuestro tiempo que es Juan Diego Flórez y una de las mezzos líricas más encantadoras de los últimos años; Joyce DiDonato.

Fue para mí como visitar a un viejo amigo pues tuve el privilegio de presenciar la producción de Joan Font con los escenarios y vestuarios de Joan Guillén en su estreno en Houston a comienzos de 2007. En ese entonces me pareció una propuesta genial, fresca, bufa, un gran homenaje a la comedia del arte italiana, tan fundamental del concepto de ópera bufa rossiniana. La fluidez de la escenografía, que cambiaba sin problemas de la mansión de Don Magnifico Barón de Montefiascone al palacio del príncipe, la iluminación que transformaba la escenografía esencialmente minimalista y el recurso de pantomima con las omnipresentes ratas fueron uno de varios elementos que hicieron de aquella ocasión una delicia de disfrutar . Ahora en Barcelona este reencuentro me ha vuelto a divertir y a encantar. He redescubierto nuevos detalles de una producción que mantiene su vigencia y que se puede considerar un clásico rossiniano del siglo XXI.

Musicalmente el balance entre Houston y Barcelona fue similar, inclinándose el resultado ligeramente hacia Barcelona. En Houston disfruté de la fresca y perfecta Angelina (Cenerentola) de Joyce Di Donato, la grata sorpresa que fue el Ramiro de Lawrence Brownlee quien tiene una brillante carrera por delante y el actus comicus que fue el Dandini de Earle Patriarco. El resto me pareció comprometido pero inmaduro (salvo las dos hermanastras). Grandes aciertos fueron la presencia de Edoardo Muller en el foso, dirigiendo una versión ligera, rossiniana y elegante. El coro de hombres no sólo fue hilarante sino homogéneo en lo musical.

En Barcelona, encabezando el reparto, pudimos escuchar a una soberbia Joyce DiDonato que tiene la medida completa del papel de Cenerentola. Su presencia escénica es encantadora, quizá captando el lado melancólico y soñador del personaje. Su voz es brillante, timbre cálido y técnica ejemplar. El patetismo de su pequeña canción conmovió y su transformación en la princesa magnánima plausible. Su rondó final fue espectacular en su despliegue de fiorituras y escalas técnicamente perfectas y de buen gusto.

Don Ramiro merece un párrafo aparte, estamos hablando de Juan Diego Flórez. Difícil hablar de una estrella de la que se han dicho muchas cosas y donde mi opinión se incorporaría a la legión de calificativos trillados en torno a su arte. Basta decir que Juan Diego es Juan Diego, no se le puede confundir con nadie, su presencia escénica es más que principesca, su voz es un destello de pureza, la técnica impecable y hace lo que quiere con la fioritura de su personaje. Sus agudos son brillantes, firmes y afilados. Tras su aria-tour de force, recibió una ovación que prácticamente hizo que se cayera el Liceu (que hasta entonces había estado un poco adormilado).

El asturiano David Menéndez fue un Dandini vocalmente ejemplar y escénicamente personal. Es un barítono lírico con buen futuro y debemos estar agradecidos por ello. Su manejo de una buena fioritura, la presencia de un trino genuino y el compromiso con el personaje fueron notorios. Quizá su Dandini no fue el tour de force de comicidad que fue Earle Patriarco en Houston pero elaboró un personaje entrañable (que debe ser de rigor en cualquier Dandini) y lo prestó de una solidez y limpieza vocal que estuvieron a la par de su distinguido colega (y en algunos momentos lo superaron).

El Magnifico de Bruno de Simone estuvo dentro de la gran tradición de bajos bufos italianos superando fácilmente al sobreactuado y excesivamente juvenil Magnifico de Patrick Carfizzi en Houston. Su personaje, esencialmente ufano y ridículo poseyó un dejo de simpatía y espontaneidad que hicieron creíble su conversión final. Me parece que es el bufo con voz más clara que he escuchado. A veces parecía más barítono ligero que un bufo completo en la línea de un Bruscantini, Capecchi, Dara, Trimarchi o Corbelli, por mencionar a algunos de los más distinguidos de los últimos 40 años. Por supuesto que su técnica le permite cantar el parloteo de su personaje ejemplarmente pero la falta de fuelle vocal hizo que dicho parloteo se perdiera en la masa orquestal, y estamos hablando de una orquestación esencialmente clásica.

El bajo Simon Orfila encarnó al mago (en esta versión) Alidoro. Recibió una buena ovación de parte del público lo cual me sorprendió, esto habla de la escasez de bajos ibéricos y del conformismo al que puede llegar el público barcelonés. De entrada me parece más un bajo barítono que un bajo cantante, que es lo que requiere el rol de Alidoro. Su voz se escuchó tremola en un principio y su caracterización demasiado juvenil. Mejoró para el final del primer acto pero no me ha dejado nada excepcional. Generalmente anónimo al igual que el bajo que cantó el Alidoro en Houston (cuyo nombre no puedo acordarme).

Las dos hermanastras estuvieron geniales; Itxaro Mentxaka y la bella Cristina Obregón hicieron de este dúo una divertida creación cómica, dignas hijas de De Simone-Magnifico. Vocalmente gritaron donde tenían que hacerlo y cantaron en donde se esperaba eso de ellas.

Finalmente llegamos a la Orquesta Sinfónica del Gran Teatro del Liceu. Me parece un buen ensamble orquestal operístico, ligeramente inferior al de Houston Grand Opera. Se puede distinguir una lustrosa sección de cuerdas con algunos distinguidos solistas en las maderas. Los cornos no siempre precisos (parece un mal generalizado en la península ibérica). El coro del Gran Teatro del Liceu me pareció inferior que el de Houston no sólo en lo vocal sino en su compromiso escénico, estos tenían más el aire de caballeros nobles ibéricos que de cortesanos. No carecieron de movimiento y de encanto pero quizá lo esencialmente deslucido de su prestación vocal (como el aguado coro inicial) hizo que perdiera el interés en lo que hacían.

Desafortunadamente la dirección de Patrick Summers fue una especie de prieto(o piedra) en el arroz. Conozco bien la trayectoria de Summers por mis incursiones a la Ópera de Houston donde he escuchado lecturas ejemplares del Don Carlos de Verdi y de Florencia en el Amazonas de Catán. Son conocidas sus credenciales en Verdi pero Rossini es Rossini. Summers vulgarizó a Rossini, convirtiéndolo a momentos en un Donizetti sin gracia. Conozco bien la edición moderna de la Cenerentola de Rossini(ha sido grabada por varios maestros) y en ningún momento aparecen los platillos (quedan como opcionales, si acaso). El resultado es no solo la vulgarización de Rossini, que sabía cuando usar platillos. Sino la consiguiente pérdida de la espontaneidad y efervescencia de la música. El crescendo en la obertura marcado por platillos, los finales marcados por platillos, el rondo final marcado por platillos consiguieron que la música de Rossini adquiriera una rigidez geométrica que no merece su autor. Es una lástima pues aparentemente Summers si sabe que las texturas de Rossini son claras y sus tiempos fluidos. Esto se perdió con su “Verdización” de la música.

Una noche para la historia vocal que careció de un compromiso más profundo con Rossini en algunos de sus actores.